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MUSICAL | ‘Bésame mucho, el musical de las pasiones’

Por: Mª Jesús Hernández

Fuente: Diario El Mundo, 10/03/2011

Creció en un patio de artistas. En uno de esos rinconcitos de La Habana que se graba en las retinas. Su abuelo era uno de esos cantantes enigmáticos de boleros, íntimo de Fidel y con ritmo propio en el registro cubano. Su carta de presentación no tiene desperdicio, pero Yolena Alonso, nieta de Pacho Alonso e hija de Pachito Alonso, quería su parte. Bailarina y coreógrafa, se lanzó al mundo de los musicales y tras ‘Viva Cuba’, ‘Mambo Club’ o ‘La Habanera’, llega a los Teatros del Canal ‘Bésame mucho, el musical de las pasiones’.

Herencias a un lado, toda ella es ritmo y calor cubano. Un calor que pretende transmitir en este espectáculo: «Es un musical para un público que desee disfrutar de un ratito desenfadado, estimulante y pasional». Y en el punto de mira, un gran homenajeado: el bolero. Con arreglos más contemporáneos —ritmos latinos como la bachata, el reggaeton, hip-hop, rap, salsa o pop—, Yolena ha querido rendirse a los pies de este género, aquí en su cuna, España.

30 artistas, entre bailarines, músicos, actores y cantantes, todos jóvenes con una fuerza y una energía «que te sube la fiebre». «Hemos venido de Barcelona y allí, que el público es un poco más frío, se movió. Aquí en Madrid va a ser un escándalo», vaticina.

Con una historia de amor de fondo, de esas con final feliz, Yolena trae la esquinita de un barrio de La Habana, «de los que molan», a Madrid. El trasfondo: los problemas de la juventud cubana. «Mostramos unas vivencias que son reales. Queremos homenajear a los jóvenes, mostrar su día a día. Qué proyectan, qué ambiciones tienen… lo que en los medios de comunicación no se habla, no se toca, no se señala», explica la coreógrafa y directora de la compañía de danza Yoldance Showproductions.

Los boleros ‘Perfidia’, ‘Quizás, quizás’, ‘Toda una vida’, ‘Solamente una vez’ o ‘Contigo aprendí’ harán levantar de sus butacas a los espectadores. Y lo harán envueltos en una maraña de ritmos, entre ellos ‘el Pilón’, creación de Pacho Alonso. Cuenta Yolena que cuando los Beatles se convertían en ídolos de masas, «Fidel le dijo a mi abuelo que hiciera algo y de ahí surgió el ritmo ‘Pilón’. Logrando así que el rock se fuera de la isla, o por lo menos no eclipsara como en el resto del mundo».

En este sentido, Yolena siente que «la industria discográfica y musical en cuba se ha paralizado. Hay muchos ritmos conocidos, pero éste sólo lo conocen los aficionados a la musica cubana», se lamenta.

Tras formarse en danza contemporánea puso rumbo a Alemania con los musicales en mente. Una vez allí, lo tuvo claro. «Logré identificarme con este género y apostar por él». Su objetivo: «Convertirme en productora cubana de musicales vanguardistas». Vive a caballo entre Cuba, Alemania y España, pero todas sus proyecciones se gestan en Cuba. «Todo el espacio creativo lo hago allá. Yo me cojo mi solecito y me pongo a escribir. En Alemania lo que hago es la organización logística y productiva, la parte empresarial. Cuba es el termómetro. Como artista, yo tengo un compromiso con mi público, mi país. Y es allí donde lo estreno siempre», aclara.

Pero, ¿qué tiene Cuba? «Cuba es especial, diferente. Está entre el sol, entre la gente, entre la cultura, llegas ahí y te infectas al momento. Sólo piensas cuándo vas a volver».

Iván García | La Habana

Fuente: http://www.elmundo.es (18 de agosto de 2010)

Cuando hace unos días un amigo español me preguntó si me gustaban los boleros de Antonio Machín, por pena le dije que sí. Sabía que se trataba de un músico cubano que vivió y murió en España, pero nunca le había escuchado cantar.

Me di a la tarea de leer más sobre él y, sobre todo, escuchar algunos de sus números más famosos. Pertenezco a esa generación de cubanos que poco sabe de los músicos, intérpretes y compositores que un buen día decidieron probar suerte en otras tierras.

Así descubrí que ‘Angelitos Negros’, uno de los mayores éxitos de Antonio Machín (Sagua la Grande 1903-Madrid 1977), figura entre las 50 canciones favoritas de los españoles de todas las edades y épocas.

En mis averiguaciones, me enteré que Machín ha sido el más conocido intérprete de ‘Angelitos negros’, pero no el único. También otros cubanos la incluyeron en su repertorio, como Celia Cruz, Miguelito Valdés, Pérez Prado, Facundo Rivero, Luis Carbonell y Fernando Alvarez. Y entre las españolas que han hecho originales versiones de Angelitos Negros se encuentran Concha Piquer, Lola Flores y Niña Pastori.

Antonio Abad Lugo Machín era hijo del emigrante gallego José Lugo y de la negra cubana Leoncia Machín. Tuvo nada menos que quince hermanos. Desde muy niño se la pasaba cantando, y con sólo 8 años interpretó el ‘Ave María’ de Schubert. Era tan pequeño que tuvieron que subirlo a una silla.

Su mayor sueño era ser cantante de ópera, pero el chico desconocía que ese género entonces estaba prohibido para negros y mulatos. En 1926, año de un devastador ciclón que azotó la isla, Machín decide irse a La Habana, donde logra sobrevivir cantando en bares y cafés. La gran oportunidad le llega cuando Don Aspiazu, nombre artístico del músico cubano Justo Ángel Aspiazu, lo contrata para tocar en su orquesta Casino de La Habana.

Una de sus interpretaciones, ‘Aquellos ojos verdes’, de Nilo Menéndez, alcanza enorme popularidad. En 1930 Machín viaja a Estados Unidos, conquistando al público con ‘Mamá Inés’, de Eliseo Grenet, y ‘El manisero’, de Moisés Simmons.

Tras exitosas actuaciones en Nueva York, en 1936 decide viajar a Europa. La Segunda Guerra Mundial es inminente. En 1939, Antonio logra llegar a Sevilla, donde vivía un hermano, Juan Lugo Machín. A pesar de la pobreza y la destrucción dejada por la guerra civil española, Machín decide quedarse.

Lo suyo por España fue amor a primera vista. Le encantaba su gente, fueran andaluces, madrileños, catalanes, vascos o gallegos. Recuerda el escritor Antonio Burgos que Machín llegó «con su cucuruchito de maní y sus dos gardenias, y quedó tan prendido de Sevilla que se casó con una sevillana».

Según viajeros llegados de España, la memoria de Machín se mantiene viva en muchos sitios de la Madre Patria. En 2003, cuando hubiera cumplido 100 años, le rindieron el homenaje que no le rindió su patria. De las palabras dichas por aquellos días, me quedo con éstas de Joan Manuel Serrat: «La cultura de Machín está ligada a la cultura sentimental de la radio española, que suponía una pequeña ventana donde penetraba la luz en unos tiempos muy sombríos. Corrían tiempos de hambre, privaciones y miedo. Cuando yo tuve uso de razón, Machín ya estaba consolidado en la memoria sentimental de la gente».

Lorena Nessi
Fuente: BBC Mundo (Miércoles, 11 de febrero de 2009)

Lázara Cachao es la hija menor de Cachaíto, el contrabajista cubano de Buena Vista Social Club, fallecido el pasado martes. Lázara, también artista profesional, habló sobre su padre y dijo considerarlo «el mejor contrabajista del mundo».

Lázar López, bajista e hija del maestro "Cachaito)

Lázar López, bajista e hija del maestro "Cachaíto

«El dolor es inmenso, pero lo recuerdo con gran orgullo. Para mí fue un gran ejemplo como padre y un gran maestro de la música. Que dios lo tenga en la gloria», dijo en un mensaje que nos envió cuando invitamos a nuestros lectores a comentar sobre la herencia musical de Cachaíto.

Ante sus palabras, en BBC Mundo decidimos contactarla para conocer de su propio testimonio un poco más sobre lo que fue la vida del recién fallecido artista cubano.

«Desde niño empezó como autodidacta, tocaba también el piano y el violín, pero al final se quedó con el contrabajo y desde que tenía 13 años se convirtió en el primer contrabajista de la Orquesta Sinfónica de Cuba», dijo Lázara Cachao con voz apagada.

Comentó también que su padre perfeccionó su técnica con un profesor alemán y con su tío Cachao, quien ha sido considerado como uno de los inventores del mambo, para luego tocar música más moderna con un quinteto de jazz.

Tradición familiar

«La tradición de ser músicos viene desde los abuelos y tatarabuelos, todos

Lázara López y su ilustre tio "Cachao"

Lázara López y su ilustre tío "Cachao"

los Cachao son músicos», comentó la hija de Cachaíto, quien en esa misma tradición estudió música clásica.

«Como niña, lo recuerdo practicando con su contrabajo muchas horas en casa y con ese carácter tan cariñoso y noble que tenía», agregó.

Lázara cree que a su padre «le hubiera gustado ser recordado con orgullo, como ese gran músico, esa gran persona que siempre fue, tan sincero y de carácter tranquilo».

«Lo definiría como una persona extraordinaria. Todo mundo lo quería mucho, siempre fue muy amable con todos y le gustaba ayudar a los demás», le aseguró a BBC Mundo.

La pianista también dijo que Cachaíto fue profesor de conservatorio por 35 años y le dio clases a muchos que ahora son famosos y que le tenían un gran cariño.

La herencia de Cachaíto

«Su aporte es muy grande. Yo admiro mucho a mi papá por cómo tocaba el contrabajo y los sonidos característicos de fuerza, de afinación, de sabor y de síncopa que le sacaba. Para mí él era el mejor del mundo, aunque esté mal decirlo, pero es lo que pienso, soy músico y lo sé», afirmó Lázara orgullosa.

También comentó que normalmente el contrabajo es un instrumento fundamental de la orquesta.

«Es como esqueleto del cuerpo. Si no se toca bien nada funciona», dijo.

La artista no sabe qué pasara en el futuro con Buena Vista Social Club, luego de la pérdida de Cachaíto. «No me imagino al grupo sin mi padre, a quien le decían el «corazón de Buena Vista», según comentó.

Mientras tanto, ella piensa seguir la mayor enseñanza que su padre le dejó: «continuar creando, estudiar y aceptar que la música es algo que no se puede dejar».

Entre sus proyectos, piensa interpretar la música de su familia, en la que incluirá composiciones de Cachaíto y la música de su tío abuelo, Cachao, con arreglos propios y una orquesta que ya tiene preparada.

Por supuesto, la pianista sabe que tiene una gran responsabilidad, pero le aseguró a BBC Mundo que hará todo lo posible por representar con orgullo el nombre de su padre y de su familia a través de sus notas.

Destacó por mezclar el jazz, el mambo y el academicismo

MAURICIO VICENT
EL PAÍS – Obituarios – 11-02-2009

De igual modo que al mítico contrabajista Israel López lo llamaba todo el cachaitomundo Cachao, a su sobrino Orlando López, heredero y cultivador de su talento, se le conocía en Cuba simplemente como Cachaíto. Su muerte, el lunes, a los 76 años -y sólo 11 meses después de la desaparición de Cachao- abre un nuevo agujero en la música cubana, pues los López sentaron escuela con sus descargas y cambiaron la tradición del instrumento, que después de ellos se convirtió en protagonista de los ritmos cubanos.

Forma parte Cachaíto de ese grupo de grandes músicos cubanos reconocido tardíamente fuera de su país gracias al proyecto del Buena Vista Social Club, de Ry Cooder. Sin embargo, como Compay Segundo, el pianista Rubén González o los soneros Ibrahim Ferrer y Wilfredo Pío Leyva, todos fallecidos, Cachaíto tenía nombre propio en la música cubana antes de la llegada de Buena Vista.

Orestes López comenzó sus estudios con su padre, el gran Orestes Macho López, compositor y contrabajista que junto a Cachao revolucionó la música cubana en los años cincuenta. Ambos modernizaron el danzón y crearon la semilla de un nuevo ritmo, el mambo, que puso a bailar al mundo entero, y de estas influencias se alimentó Cachaíto, que desde muy joven empezó a trabajar profesionalmente en grandes orquestas populares cubanas.

A los 13 años ya tocaba en la charanga Armonía, de René Hernández, y a los 17 entró a una de las más conocidas orquestas de Cuba, Arcaño y sus Maravillas, donde su padre y su tío durante años fueron solistas y ensayaron el nuevo ritmo que con posterioridad haría famoso Dámaso Pérez Prado. También pasó por la orquesta del cabaret Bambú, en los años cincuenta, y llegó a la Riverside, agrupación estelar de la época en el formato de jazz band.

Cachaíto era un músico muy versátil, con una formación académica rigurosa, a la vez que cultivaba el jazz y dominaba al dedillo lo popular. Durante años perteneció a la Orquesta Sinfónica Nacional. En los noventa trabajó junto al pianista Frank Emilio Flyn y los percusionistas Tata Guines (recientemente fallecido) y Changuito, con quienes grabó varios discos de descargas de jazz y de danzones.

Como su tío, Cachaíto hizo del contrabajo un instrumento con personalidad propia y clave en descargas e improvisaciones en las que siempre estaban presentes los ritmos afrocubanos. Fue miembro también del legendario grupo Irakere, creado por Chucho Valdés, y ha colaborado con los principales músicos de jazz cubanos tanto dentro como fuera de su país.

Fuera de la isla es conocido principalmente por el Buena Vista Social Club, proyecto del que formó parte desde el primer momento. Es el único músico que está en todos los discos y también figuró en el documental de Wim Wenders. En la serie sobre los intérpretes del Buena Vista grabada por el sello World Circuit, Cachaíto grabó su primer disco como solista. También participó en Rhythms del Mundo Cuba, disco en el que el productor británico Kenny Young reunió hace dos años a músicos de la isla con anglosajones, como Sting, Radiohead y U2, entre otros, para recaudar fondos en beneficio de los damnificados de desastres naturales.

Uno de los más importantes compositores contemporáneos cubanos, Antonio Ñico Rojas, falleció hoy en la capital a la edad de 87 años.

nico_rojasGuitarrista y autor de numerosas melodías, Rojas creó instrumentales que dedicó, fundamentalmente, a familiares, amigos y personas populares de Matanzas, lugar en el que vivió la mayor parte de su vida, precisa una nota del Instituto de la Música.

Fundador del movimiento feeling en 1942, resultó decisiva su labor para que importantes figuras de la música escucharan a los clásicos para desarrollar esa forma de hacer arte.

Tras graduarse de ingeniero civil, se inspiró en la música clásica de diversos estilos y en la popular de Antonio Arcaño, Arsenio Rodríguez, Miguel Matamoros y Nat King Cole, la de los rumberos de Matanzas, Saldiguera y Virulilla y la música campesina, que escuchaba cuando construía carreteras y acueductos.

Gracias a su originalidad surgió en 1950 una forma de componer música instrumental para guitarra, hasta entonces sin precedentes en ese estilo, entre lo clásico y lo popular, basados en distintos ritmos cubanos.

Fue autor de los boleros «Mi Ayer «, «Ahora si sé que te quiero » y » Se consciente «, entre otros, grabados por los maestros Pepe Reyes, Orlando Vallejo y Miguelito Valdés.

Compuso la música de boleros y canciones con textos propios, los cuales han sido grabados por maestros como Elena Burke, Argelia Fragoso, Omara Portuondo y Esther Borja, entre otros.

Sus piezas para guitarra se utilizan hoy como material de estudio en los conservatorios de música.

Sus cenizas se exponen en la funeraria de Calzada y K, en El Vedado. El sepelio está señalado para mañana domingo 23, a las nueve de la mañana.

Fuente: Cubadebate (2008-11-22)

El valor de este Cd doble es más que testimonial, pues remueve lo más profundos sentimientos y emociones que produce la mejor música cubana del mundo.

Si el documental de Wim Wenders daba cuenta parcialmente del proceso de gestación de las producciones en estudio, este Cd muestra a la banda de ancianos en su contacto directo con el público y su sonido en estado natural. Ahora uno puede decir que la orquesta del Buenavista «sonaba así». De alguna manera cobra total vigencia la aseveración de ese gran presentador de Radio Progreso (Cuba), Don Eduardo Rosillo, quien nos afirmara que el éxito del BuenaVista provenía del hecho de que se había grabado, como debe grabar la música cubana: «con toda la banda junta metida en un estudio de grabación».

Y es que al escuchar los primeros acordes de «Chan Chan», luego de la presentación de Ry Cooder, siente que el éxito del tema, tal vez del fenómeno BuenaVista, se puede explicar a partir de su capacidad para crear una atmósfera, un clima musical especial. ¡Cuanta razón tiene el maestro Rosillo!.

Compay Segundo, fue la estrella del Buena Vista porque encarnó una especie de reserva musical, de antiguos soneros y trovadores en pleno esplendor de la mercadotecnia. Al verlo y escucharlo («¿Y tú que has hecho?») uno adquiere la certeza que existen seres humanos que lo único que pueden y deben hacer es coger una guitarra y ponerse a cantar para hacer reír o llorar a los corazones. Como dijo alguna vez y con mucha razón Miguel Bosé «era como un dios venido de otros tiempos».

La languidez de la voz de Ibrahim Ferrer («Dos Gardenias») acompañada de la venerable Omara Portuondo, interpretando el bolero «Silencio» y a partir de allí convertir al mítico escenario en un espacio íntimo privilegiado, ante el mutismo respetuoso de los cientos de asistentes, constituye un instante muy emotivo del concierto.

La maestría interpretativa de Ibrahim, Manuel «Puntillita» Licea, Eliades Ochoa y Pío Leyva, en «Candela» y el «Cuarto de Tula», es tan natural -noten como el primero arenga a la orquesta completa al iniciar uno de los temas- que parece como si estuvieran en un solar habanero, demostrándole al mundo, precisamente en su simbólica capital, que la pretensión última de los auténticos artistas es la de transmitir su arte, su obra, que en este caso es cantar la música que pone al alma a bailar (recuerden el rostro final de Ibrahim Ferrer bajo el lente de Wenders en el famoso documental). Es posible imaginarse al Carnigie Hall viniéndose abajo ante el impacto sonoro de la música que modularan Ignacio Piñeiro, Arsenio Rodríguez, Jorrín, Pérez Prado, y otros tantos genios.

Pero las voces de los viejos entrañables es la punta del iceberg, constituido por una orquesta que suena con una potencia y vitalidad que surgen del bajo del ya legendario Orlando «Cachaíto» López -que es con letras en mayúsculas el corazón rítmico del BuenaVista-, la trompeta del «Guajiro» Mirabal, el laúd de Barbarito Torres de cuyas notas brotan todo el color de la música cubana, quizás en la forma de flores amarillas, y los timbales de Amadito Valdés que toca como se debe tocar el timbal, sin prisas y sin excesos que desvirtúen su esencia.

Mención aparte merece la perfomance de Rubén González («La Engañadora», «Buena Vista Social Club», «Siboney», «Almendra», «Mandinga») y su manera tan clásica de aproximarse al piano, recordándonos que dentro de la música tradicional cubana el piano se toca de esa única manera: sin apelar a formas jazzísticas demasiados rebuscadas, sin alardes exagerados de virtuosismo, respetando sobretodo la cadencia que el son cubano impone.

Gabriel García Márquez, «Gabo» decía que lo único mejor que escuchar música es hablar de ella. Creemos que por el momento es suficiente con lo aquí afirmado. Ahora déjese llevar por las sensaciones que surgirán de oír esta magnifica producción y rememore el momento más significativo de unos de los fenómenos más importante de la música cubana.

A propósito del lanzamiento del Cd Doble «Buena Vista Social Club at Carnigie Hall», presentamos esta nota que recoge con mucha sensibilidad y emoción este acontecimiento músico cultural que se llevó a cabo un 1 de julio de 1998 en la ciudad de Nueva York.

Por: J. F. Hernández

Jueves, 16 Octubre, 2008

El 1 de julio de 1998 la legendaria sala del Carnegie Hall de Manhattan transpiró uno más de sus milagros invaluables. Por obra y gracia de un tal Ray Cooder, con sueños dilatados por Juan de Marcos, brilló sobre ese escenario una entrañable legión de arcángeles que, habiendo sido olvidados, hoy son inmortales.

Debemos a Ray Cooder el enrevesado milagro de haber resucitado a los músicos y cantantes del Buena Vista Social Club antes de que murieran y de llevarlos a la sala de Carnegie, luego de haberlos grabado en discos que miles hemos memorizado. En esa legendaria sala de acústicas perfectas tuvo su estreno mundial la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorák, varias joyas de George Gershwin (entre ellas Un americano en París), los contrastes de Bela Bartok y las variaciones de Rachmaninoff sobre un tema de Corelli, con el propio Rachmaninoff al piano. Allí ha habido magia para todas las generaciones: estrenos desconcertantes de Phillip Glass o los adorables desconciertos de cuatro profetas con melena que se hacían llamar The Beatles.

No es hipérbole ni exageración afirmar que Carnegie Hall es el escenario central del corazón de las culturas norteamericanas y, por ende, del mundo moderno o, por lo menos, imaginar que ese teatro es el alma musical de Manhattan. Todo neoyorquino se sabe el cuento del músico anónimo con cara de apuración que anda perdido en las calles cercanas a Times Square con el estuche de su violín bajo el brazo. Arriesgando un desprecio, le pregunta a un señor con el que se cruza en medio de la constante marea de multitud: «¿Usted sabe cómo puedo llegar a Carnegie Hall?» y el viejo le responde al vuelo: «Hay que ensayar… ensaya… ensaya mucho» y consta también esa popularidad respetuosa en una vieja película que registra el día en que Benny Goodman sacudió las butacas de esa catedral; luego de haber deslumbrado al auditorio con una perfecta interpretación de Mozart al clarinete, propuso con su orquesta la insólita epifanía del swing. Por eso Carnegie Hall es el escenario donde lo clásico se vuelve popular y viceversa, por eso allí mismo, de todos los santuarios posibles, Ray Cooder hizo desfilar en escena las voces y músicas de Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Pío Leyva, Manuel Puntillita Licea, el piano intemporal de Rubén González, el contrabajo cardiaco de Orlando Cachaíto López, la trompeta celestial de Manuel Guajiro Mirabal, el laúd sísmico de Barbarito Torres, al derecho y al revés, y la guitarra campestre de Elíades Ochoa.

Que me perdonen las tumbadoras, el güiro y la campana, pero no puedo nombrar a todos los protagonistas musicales que hicieron el milagro, hace exactamente diez años, sobre el escenario del Carnegie Hall. Para ello contamos ahora con el disco Buena Vista Social Club en el Carnegie Hall, donde se enlistan los nombres de cada uno de los músicos, al lado de las grabaciones intactas del milagro completo. Eso quedó filmado por la mirada de Wim Wenders e integrado al popular documental que da cuenta y constancia de la resurrección que hiciera Cooder, de la mano de Juan de Marcos, pero ahora queda al oído y subrayado el hecho de que hubo una noche, hace exactamente diez años, en que todos los arcángeles que formaban el Buena Vista tocaron y cantaron a la perfección. En la crónica con la que el New York Times celebraba el milagro, el periodista Jon Pareles escribió que «con la delicia semiamarga de un bolero clásico, el Buena Vista Social Club celebraba la vitalidad y el virtuosismo de sus músicos y simultáneamente lamentaba la era a la que pertenecían», por no decir que músicos cubanos de setenta, ochenta y noventa años estaban en ese momento signando un salvoconducto de eternidades para la mejor música cubana de todos los tiempos, los boleros que lloran de sobremesa, las canciones de versos nuestros que cantan las abuelas creyendo que nadie las escucha y la juguetería alucinante de un tres enloquecido. Esa noche hubo candela, cha-cha-cha, mambo y montuno. Magia pura entrañable en el piano del abrazable Rubén González, a quien no le alcanzaban las teclas de un fantástico piano para alargar hasta La Habana sus arpegios y pura magia cuando las «las voces de los señores Ferrer y Segundo cantaban con tonos dulces, redondeados, menos cortantes que los de los cantantes de salsa, y las letras se deleitaban en pasiones y reminiscencias de amores perdidos».

Agrega el periodista que «Octavio Calderón y Manuel Mirabal hacían reír y llorar a sus trompetas; Barbarito Torres, en el laúd de 12 cuerdas, tocaba líneas zumbantes como flechas y clavaba acordes disonantes. Los solos en guitarra de Compay Segundo fueron brillantes y lánguidos, rezagándose al ritmo y luego echando carreras para alcanzarlo» y concluye que esa noche «la música estaba llena de una nostalgia y ternura que sugería la amabilidad de la vida tropical y la inocencia prerrevolucionaria», por no decir que esa noche se cuajaba un milagro de diversa apreciación: en medio del inmenso vado que separa a una isla del mundo, está la música que nos une; de espaldas a la Historia con mayúscula los verdaderos absueltos son los cantantes humildes y los anónimos que saben afinar una guitarra; de espaldas al Tiempo, al paso implacable de cada minuto, no hay nada en el mundo como ver que un abuelo mueva las caderas como si fueran los primeros pasos de un niño.

A una década de aquella noche inolvidable, que ahora podemos escuchar desde la primera fila del más íntimo sentimiento, la mayoría de los arcángeles que nos siguen cantando ya se han vuelto inmortales, habiendo sido olvidados. Consta que, luego del concierto en Carnegie Hall, ya no volvieron a compartir escenario todos juntos y consta en actas que han muerto aunque perviven en cada nota y ritmo que siguen contagiando a la piel y las entrañas de los vivos en cualquier idioma, cultura o credo. Que conste también que hubo una noche en que un puñado de trovadores logró el enrevesado milagro de iluminar Manhattan.

Fuente: http://www.milenio.com

Hace más de diez años salió a la venta el Cd BuenaVista Social Club, que en definitiva marco un hito en la música cubana.

Su repercusión en términos de apertura del mundo a la música que se produce en la Isla Mayor de las Antillas es irrefutable, más allá de que se haya caído, tal vez y en algún momento, en una saturación del pasado musical en desmedro de las actuales y novedosas formas de expresión de las figuras de la música cubana contemporánea.

El fenómeno «BuenaVista» fue algo más que un boom comercial. La aproximación autentica y el respeto de Ry Cooder por  los viejos músicos cubanos da cuenta de ello. Afirmar lo contrario resultaría mezquino. Cabe precisar que muchos acontecimientos culturales tienen su contraparte mercantil, para bien y en ocasiones para mal. No todo lo comercial es malo y viceversa.

En todo caso, el lanzamiento del Cd doble del histórico concierto en el mítico Carnegie Hall, de la ciudad de Nueva York (escuche los temas del CD en la Web Oficial), es una prueba de ello y de la maestría interpretativa de los protagonistas de esa mágica noche .

Leamos la opinión de algunos de ellos.

Editan en cedé el inigualable concierto de Buena Vista Social Club en Carnegie Hall

Por: Tania Molina Ramírez

(La Jornada, México, 11 Octubre, 2008)

Aquel concierto fue único. El Buena Vista Social Club tocaba en el legendario Carnegie Hall, en Nueva York, con localidades agotadas, y buena parte del público era cubano.

«Todos se volvieron locos. Pero no del modo en el que la gente da una ovación de pie a un circo de pulgas, porque hoy la gente ovaciona… no, esta era en verdad una conexión que casi nunca ocurre, era emotivo, muy profundo. No era por la fama o el dinero ni por el número de discos vendidos ni la promoción mediática. Era una cosa hermosa», recuerda el productor Ry Cooder.

Al menos la mitad de la gente era cubana, muchos mayores. «Los que más extrañan el hogar», dijo Cooder en entrevista telefónica con La Jornada desde Los Ángeles, California.

«Fue una emoción tremenda», recuerda el guitarrista y cantante Eliades Ochoa, integrante de Buena Vista Social Club, vía telefónica desde Santiago de Cuba. «Me sentí músico grande, famoso, ovacionado por aquel público. Ya había recibido en muchos conciertos muchas ovaciones, cariño, respeto, pero un concierto de esa magnitud… me sentí un artista realizado. Sentí que servía para algo. Fue uno de los momentos brillantes en mi vida.»

El músico describe cómo había mucha gente llorando. Por la ausencia de su país, de lo suyo, sí, «pero lo mismo lloraba el recién llegado (a Estados Unidos) que el que no había venido (a Cuba) nunca. Era la emoción de aquella cosa tan grande que estaba sucediendo ahí».

La grabación del histórico concierto del primero de julio de 1998, una década después, es editado en un cedé doble por World Circuit/ Discos Corasón.

«Tiene mucho poder. El disco original en estudio (Buena Vista Social Club, 1997, ganador del Grammy) es más íntimo», explica Ry Cooder, productor de aquellas sesiones.

Lo sacan hasta ahora porque la grabación original tenía problemas, explica Cooder. Se acercó el décimo aniversario y Nick Gold, fundador y cabeza de World Circuit, le preguntó por qué no volvían a echarle un ojo.

En años recientes, Ry Cooder ha estado trabajando con Martin Pradler, joven ingeniero de sonido «tan talentoso, que es como un restaurador de arte». Pradler fue el encargado de limpiar la obra de arte musical. Y, contó Ry Cooder, hizo un gran trabajo.

Cooder y Gold querían que el resultado mostrara la «experiencia catártica que fue el concierto. Fue la última vez que se escuchó en vivo música de este tipo y con este poder. Así que queríamos decirle a la gente ‘esto es una maravilla (el disco)’, y resultó».

El productor recuerda que el proceso para conseguir visas, etcétera, «fue muy, muy difícil, pero se logró. Sólo durante aquella época podría haberse hecho. Y eso que no fue fácil; cada día nos preguntábamos: ‘¿se podrá?'» En cambio, «en estos tiempos de los payasos del mal nunca se podría haber hecho».

Acerca del recinto, Ry Cooder dijo: «Todos saben lo que Carnegie Hall representa. Es un lugar mítico, es una Meca» para los músicos.

Tiempo antes, en La Habana, Compay Segundo bromeó con Cooder sobre cuándo irían a Carnegie Hall. El productor le dijo: «pues es una buena idea…»

Durante la filmación de Buena Vista Social Club, dirigida por Wim Wenders, pensaron que necesitaban «un elemento de catarsis. Que teníamos que ir a algún lugar, a Carnegie Hall», recuerda Cooder la propuesta.

Del rescate de la música cubana

«Buena Vista Social Club abrió las puertas a la música cubana en el mundo; llegó a cualquier rincón gracias a la agrupación», dijo Eliades Ochoa. Se vendieron más de 8 millones de ejemplares del disco.

Aquel conjunto de músicos, Ibrahim Ferrer, Rubén González, Compay Segundo (fallecidos), Eliades Ochoa y Omara Portuondo, la mayoría estrellas de antaño en Cuba, fueron reunidos por Ry Cooder, en buena medida gracias a la asesoría de Juan de Marcos González, para grabar en estudio.

Mucho se ha dicho sobre que estos músicos estaban «en el olvido». Eliades Ochoa recuerda que «ni Rubén González ni Ibrahim Ferrer estaban trabajando como músicos. Compay Segundo sí, pero porque yo me lo había llevado a Santiago de Cuba».

De la música cubana, en cambio, asegura que no hubo rescate alguno: «Siempre ha tenido la riqueza y siempre ha sido lo que es, esa sabrosura».

Lo que sí ocurrió dentro de Cuba es que «al abrirse las puertas del mundo al son cubano, empezaron a salir muchas agrupaciones. Todo lo que tuviera olor a cubano salía al extranjero. Hubo muchos jóvenes haciendo son cubano porque se puso de moda en el mundo».

Respecto del papel de Ry Cooder como productor y músico en el disco original (donde se escucha su guitarra slide), dijo: «Se adaptaba a nosotros, llevaba a cabo nuestras ideas y las enriquecía. El sonido de su guitarra siempre venía bien, en el momento justo. En ningún momento le quitó la melodía, la armonía, a ninguna canción, las adornó con su estilo».

Por su parte, Ry Cooder habló sobre el son cubano: «intrincado, complejo, caleidoscópico. No es sólo folclórico, es música de salón, casi como música clásica; de hecho, se dice que en cierto grado proviene de la música clásica italiana».

El guitarrista y productor estadunidense, quien trabajó con agrupaciones que llevan la música tradicional al siglo XXI, como Los Lobos y Ali Farka Touré, opinó sobre la enorme popularidad que logró Buena Vista Social Club: «Tomas algo realmente hermoso y asombrosamente bueno, haces un disco, lo ofreces a la gente y dices: ‘quiero que le pongas atención porque descubrirás algo, lo disfrutarás’. Es difícil hacerlo porque la gente está ocupada, no tiene tiempo, está tan hipnotizada y lavada del cerebro por la mercadotecnia que no puede mantener la atención».

Funcionó, siguió Cooder, «porque esta gente es realmente maravillosa. Pero, ¿qué posibilidades hay de que ocurra? Escasas. No hay peinados de moda, ni ropa bonita. Fue un milagro, y tuvo que ver con que en esa época había un ambiente de expansión, al menos en Estados Unidos. La gente se sentía bien y los medios tenían un poco de tiempo e interés».

Pero, cuando «los payasos del mal tomaron el poder, todo cambió. Todos se asustaron, se encogieron sobre sí mismos y no hubieran tenido tiempo para esto, ni les habría importado. Tiene mucho que ver con atinar al momento».

Hoy, «la gente está perdiendo sus hogares, no tiene tiempo de escuchar música, trata de cumplir con tres empleos, por Dios».

Concluyó: «Tengo 61 años, he hecho esto toda mi vida. He visto muchas cosas y sé de lo que hablo. Nunca vas a volver a escuchar algo como esto. Simplemente no puede volver a ocurrir».

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