Nota de los editores:

Koky Vega escribe un correo y dice: “Esta entrevista algo vieja resulta muy emotiva y de alguna manera demuestra que el acercamiento de Ry no fue algo meramente comercial, sino absolutamente respetuoso de los músicos, de su cultura y fundamentalmente de su entorno. Fue un acercamiento de un músico sensible. Publícala de manera especial”. Y claro cómo no publicarla después de releerla tres veces y entender que la teoría que hablamos en la introducción del “Baúl de la Abuela” sigue aún vigente.

Publicado en el Diario El País de España un domingo 4 de abril de 1999, Nº 1066

Ry Cooder apoya a los abuelos del son
El compositor norteamericano supervisa en La Habana
el disco del septuagenario Ibrahim Ferrer

Por: Carlos Galilea, La Habana

Ry CooderRy Cooder se levanta del sillón de mimbre y cruza el salón del hotel en dirección al televisor que emite las noticias en inglés de la CNN. Lo apaga y regresa a su asiento mientras murmura que ha venido hasta La Habana huyendo de todo ese rollo. El hombre con camisa clara hawaiana, que ha tocado la guitarra en discos de Van Morrison o los Rolling Stones, fue el artífice de aquel sonido que cortaba el aire en la película París, Texas, usado como sintonía por el programa Documentos TV. Y es el máximo valedor del disco colectivo Buena Vista Social Club.

Por unos días, Ryland Peter Cooder (Los Ángeles, 1947) ha cambiado su casa de Santa Mónica, California, por una habitación en la sexta planta del hotel Nacional de Cuba, desde la que se disfruta de una vista espectacular sobre el malecón habanero. Fotografías de sus huéspedes más ilustres muestran a Buster Keaton, Ava Gardner, Errol Flynn, Frank Sinatra… y mafiosos como Lucky Luciano. Tienen más de 40 años. “Lo he leído en libros que he podido encontrar. Intento entender qué es lo que sucede aquí y cómo es la relación de Cuba con Estados Unidos. La mayoría sabe únicamente lo que les cuenta la maquinaria propagandística. Desde el triunfo de la Revolución los norteamericanos hemos sido adoctrinados. Aunque ya antes, Cuba se veía en Estados Unidos como el Country Club o como un lugar repleto de bares”.

Está en La Habana para apoyar el disco que ha producido para un cantante septuagenario: Buena Vista Social Club Presents Ibrahim Ferrer. Ya tocó hace meses con los cubanos en un teatro de Amsterdan y en el Carnegie Hall de Nueva York. Y hace unos días lo ha hecho en el cine Chaplin. “Un ciclo que se cierra: grabamos un disco, luego otro, y hay una película. Todo se ha presentado ahora en Cuba”, explica. “Aquí los músicos estuvieron más relajados. No es lo mismo tocar para tu propia gente que hacerlo para extraños”, cuenta. “¿Cómo me sentí yo? Bueno, estuve sentado atrás”, comenta sonriendo. “No hice gran cosa. Me gusta escucharlos. No tocan fuerte pero la intensidad es tremenda. Y detrás es el mejor lugar, junto a la sección rítmica, al lado del contrabajo. ¡Suena de miedo!”.

La primera vez que pisó la isla fue en 1976. “Una compañía de cruceros por el Caribe quiso incluir a La Habana en su itinerario y Castro puso como condición que trajeran músicos. Eligieron a Dizzy Gillespie, Stan Getz… Era la única forma de poder ir y les pedí que me dejaran hacer algo. Mi mujer y yo desembarcamos aquí y nos llevaron a un parque donde había un espectáculo afrocubano. Debajo de un árbol estaba Ñico Saquito. Aquel hombre, ya anciano, allí, sacándole sonidos hermosos a la guitarra”, recuerda. “Yo no tenía grabadora y pensé: ‘¡Dios mío!, esto es lo que buscaba’. Siempre tuve intención de volver. Pero tardé 20 años”.

Los abuelos del son han logrado colocar de nuevo a la música cubana en el centro de atención. Compay Segundo tiene 91 años; El Guayabero, 83; Rubén González, 79; Pío Leyva, 78; Ibrahim Ferrer, 72… “Que yo sepa, hay más músicos en activo en esa franja de edad que en cualquier otro lugar. No sé cuál es su secreto. Quizá sea la dieta baja en calorías, que bailan, y eso es sano, o que caminan mucho. No tienen tanto estrés como los que vivimos en lugares como Los Ángeles o Nueva York, que te van a matar más rápidamente que cualquier otra cosa”.

Compay Segundo quiere llegar hasta los 110, como su abuela, y luego pedirá prórroga; El Guayabero amenaza a la muerte con que lo encontrará tocando son. “¡Buenas noticias!”, exclama Cooder. “Los ancianos poseen conocimientos de los que uno puede aprender. En este caso cuentan historias, y no por motivos externos como la fama, el dinero o la codicia. Hay algo en su música íntimamente relacionado con la vida. Por eso todo el mundo quiere escucharla”.

Da por buena la definición de 1929: “El son es lo más sublime para el alma divertir”. “Conocemos sus bellísimas melodías, los ritmos y su poesía maravillosa. Una miniatura musical clásica”, explica. Y repite en castellano: “¡Lo más sublime!”. Le complace la comparación con el haiku japonés. “Sí, porque también es algo complejo en un pequeño formato… Sería un tipo de haiku musical…”.

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Buena Vista Social Club, premiado con un Grammy, lleva vendidos más de 1.300.000 ejemplares. Si Compay Segundo -“es igual que un viejo monje. Y un gran actor”- se convirtió en el eje, la nueva producción de Cooder tiene como protagonista a Ibrahim Ferrer: “Los cantantes de boleros han desaparecido. Y a mí me encantan los boleros”. ” Buena Vista… sería anterior a la II Guerra Mundial. En el de Ibrahim, con Mami me gustó, estamos hablando de 1947, y con Los Zafiros nos vamos a la década de los sesenta”. Le brillan los ojos al recordar al octogenario Generoso Jiménez, trombonista y arreglista de la banda de Benny Moré. “Se trajo al estudio las mismas partituras que usó con él. Nunca lo olvidaré. Cuando los 21 músicos empezaron a tocar bajo su dirección los primeros compases de Cómo fue, quedé noqueado”.

El disco, grabado en marzo del año pasado, se pondrá a la venta en Europa el 10 de mayo. De nuevo Cooder ha recurrido al viejo estudio de Egrem. “No se me ocurriría grabar esta música en ningún otro sitio”, afirma, “salvo quizá en un salón de baile”. “Los estudios modernos me ponen enfermo. Tanto detestaba cómo sonaban mis discos que dejé de hacerlos. Nosotros oímos con nuestra piel, nuestra cara… pero la mesa de grabación no sabe de eso. Si estás en la habitación equivocada no hay nada que hacer. Da lo mismo lo bien que toquen los músicos. Sonará horrible”.

“Yo escogí el repertorio”, reconoce. Once canciones, entre las cuales el bolero Aquellos ojos verdes o el son Marieta. “Son mis favoritas y así puedo escucharlas”, dice riendo. Abre Bruca maniguá, obra de Arsenio Rodríguez, maestro del tres que falleció en 1970 en Los Ángeles. Si se habla de tres, el nombre del Niño Rivera sale de sus labios de inmediato. Lo descubrió en un casete de las Estrellas de Areito. “Cuando escuché ese tres pensé en el bebop, en Bud Powell”, dice Ry Cooder, que empieza a canturrear un solo del Niño. Hubiera querido tenerle en la grabación de Buena Vista Social Club. No pudo ser: había muerto dos meses antes. Y nadie supo (o quiso) llevarle hasta la casa donde vivió sus últimos años y donde aún vive su viuda. Esta vez está de suerte: un amigo de la familia le acompañará el martes hasta el humilde hogar del barrio de La Víbora.

En el nuevo disco participa Barbarito Torres. “No quedan muchos que toquen el laúd, y menos aún como lo toca él. Me recuerda al rockabilly. Es Impresionante cuánta gente que está dentro de la música tradicional está en realidad fuera de la misma. Galbán es otro: el Duane Eddy de Cuba. Cuando le vean tocar la guitarra Telecaster, se van a quedar pasmados”, asegura. Y está Omara Portuondo, que canta Silencio, antiguo bolero del puertorriqueño Rafael Hernández, a dúo con Ibrahim: “Silencio, que están durmiendo los nardos y las azucenas, / no quiero que sepan mis penas / porque, si me ven llorando,/ morirán”.

“Hay algo común al flamenco, el blues, el son… Músicas que vienen de la tierra. Que viven en un delicado equilibrio con el medio ambiente y se ven afectadas como las especies en peligro de extinción. El hábitat cambia rápidamente y algunas músicas tradicionales corren el riesgo de desaparecer. Igual que un pájaro o un pez que vive en un estuario: huyen en cuanto colocas cerca un centro comercial o construyes edificios”.

El californiano ha contribuido al reciente disco de Eliades Ochoa. ¿Vamos a verle en más discos cubanos? “¿Quién sabe?”, dice en castellano. “Queda mucha tarea”, continúa, ya de vuelta al idioma inglés.

Un alemán en el malecón

La amistad de Cooder con Wim Wenders empezó en el rodaje de París, Texas en 1984. En el último año el cineasta le ha seguido a Amsterdan, Nueva York y La Habana para rodar el documental Buena Vista Social Club. Mientras trabajaban los dos juntos en Los Ángeles, en la banda sonora de El final de la violencia, Cooder, recién llegado de grabar Buena Vista… en Cuba, le dejó una cinta con una de las primeras mezclas del disco. Wenders se quedó enganchado y asegura haberse pasado meses escuchando esas canciones. Y el guitarrista le contó historias sobre Compay, Rubén e Ibrahim.

Así que cuando Cooder decidió volver a La Habana el año pasado para grabar a Ibrahim Ferrer, el realizador no dejó escapar la ocasión. Wenders afirma que la primera vez que escuchó esta música sintió su alegría, su desenfado… Un profundo conocimiento e integridad, como en ninguna otra música que ya conociese. Al alemán, que utilizó una canción de los Rolling Stones en su primer corto, y para su primer largo, temas de los Kinks, Chuck Berry y Gene Vincent, le ha entusiasmado descubrir la música tradicional cubana. Además reconoce que su mayor placer en la elaboración de una película es el momento de la edición en que se ven por primera vez las imágenes con música. “Es importante filmar y grabar a estos músicos. De una película se puede obtener mucha información. Porque un día ellos se irán pero seguirán ahí”, dice Cooder.

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Publicado el 07 de Enero de 2008 en en Portal Cubarte, Ciudad de La Habana

Por: Rafael Lam

Buena Vista Social Club, el documental de Win Wenders, volvimos a verlo en la pantalla de la Televisión Cubana, el pasado 31 de diciembre, justamente a los diez años de decretarse mundialmente las nominaciones de los discos A toda Cuba le gusta y Buena Vista Social Club, por la orquesta Afro Cuban All Stars, dirigida por Juan de Marcos González.

El documental lo vemos ahora, a la distancia de casi diez años, la obra del cineasta alemán Win Wender, fue como una explosión mundial, del renacimiento de la música tradicional cubana, el documental fue visto por muchos, incluso, amigos cubanos residentes en el exterior, quedaron asombrados al descubrir figuras y músicas verdaderamente clásicos de América que no conocieron en su propio país.

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Fue el despertar de la música cubana en el mundo, como una clarinada de aquellos primeros años del siglo cuando Cuba comenzó a exportar su música por casi todo el planeta con ritmos trepidantes como la conga, la rumba, la habanera, el danzón, la criolla, el bolero, la guaracha, y después el mambo, el cha cha chá.

Más que un descubrimiento, fue el renacer de una música que estaba palpitante en el espacio. Mucha de esa música estaba silenciada por la industria del disco y la música de las transnacionales capitalistas. Pero la música es muy fuerte, muy perseverante y siempre se impone venciendo al tiempo, como decía el músico Romain Rolland.

Ciertamente el documental Buena Vista Social Club trajo mucho revuelo entre los periodistas, críticos y trabajadores de la música en general, nadie quedó indiferente. Algunos se molestaron por la utilización de localizaciones arrabaleras de La Habana, la ciudad más apreciadas por la UNESCO relativo a sus edificaciones (fortalezas, castillos, mansiones babilónicas), su belleza arquitectónica, su embrujo mágico, su gente y su alegría tradicional.

De cualquier manera la difusión tiene su precio y la música salió airosa que a la larga fue lo verdaderamente importante. “Cuando escuché Buena Vista Social Club –relata Win Wenders- sólo pude exclamar: ¡Waow!”.

Ese fue el descubrimiento de la música cubana para muchos creadores en el mundo, también se interesó en la música cubana el cineasta español Fernando Trueba, amigo de Cuba y muchos realizadores como Pedro Almodóvar que cuando vino a Cuba, en medio del Boom de la salsa, le expresó a un periodista: “Me gusta esa música como la que hace el salsero Paulo FG, hablando de una loca que se sofoca con la música cubana. Y me gusta toda esa música que algunos periodistas cubanos catalogan de vulgar y chabacana; es la más auténtica, la más natural, la que dice una verdad. La otra, la de lujo, la de mucha calidad estética y de buen gusto puede resultar falsa y mentirosa”.

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Cuando Buena Vista Social Club salió a la palestra, en 1997, comenzó cierta diatriba con el Boom de la salsa que venía desde 1989. Por esos días de finales de la década de 1990 me le acerqué a Juan de Marcos González, creador de la orquesta Afro Cuban All Stars y le aconsejé que no entrara en la diatriba de la salsa y la música tradicional. “Yo no me presto a ninguna diatriba contra la música cubana”, me contestó el monarca de la música tradicional. Total que Juan de Marcos terminó haciendo sus cositas en la música salsa o timba de Cuba, se sabe que la juventud es hija de su tiempo y Juan de Marcos no podía pasar por alto tan descomunal revolución musical.

Los que no se montaron en el tren de la música de su tiempo, quedaron atrás, Gabriel García Márquez, en su crónica dedicada a la muerte de John Lennon, escribió, “Los Beatles nos demostraron que los viejos son los que no se montan en el tren de la juventud”.

Para resumir te cuento que el documental Buena Vista Social Club colocó a la música cubana por más de 58 semanas consecutivas en el Top 100 de la prestigiosa revista Bilboard, en los Estados Unidos, donde mismo se ha bloqueado por decenios la música cubana. En Europa rompió record de ventas. El documental ganó un premio de la crítica en Los Ángeles y fue nominado a los premios Oscar, más no se puede pedir para un fin de siglo.
De toda esta experiencia, de la conclusión a la que llegué de este fenómeno pienso que Juan de Marcos González, con ese talento de productor debe retomar nuevamente su proyecto en grande con los consagrados músicos y cantantes cubanos que todavía se mantienen en la reserva mundial de la música. La música cubana hay que explotarla, no debe mantenerse en cajas de caudales o como cultura de exhibición. En fin de cuenta es la mejor carta de identidad a la hora de reafirmarla.

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