Entrevista al trovador cubano Inti Santana: “La trova cubana se enfrenta a fórmulas donde lo efectista y lo superficial se venden como infalibles atajos al éxito. Quizá me equivoque, pero pongo muy en duda la garantía duradera de estas fórmulas”

Por Antonio López Sánchez

Por aquellos años finales de los 90, felices e indocumentados —como lo es casi siempre la primera juventud—, recuerdo una de las varias peñas que se realizaban en los predios de la Universidad de La Habana. Por entonces, un jovencito, recién graduado o por graduarse de sus estudios universitarios de Biología y bastante más flaco que hoy, defendía unas canciones todavía no del todo fraguadas. Olvidables, incluso algunas de ellas, aunque siempre llenas de laberintos diversos que valía la pena seguir, aunque a veces se diera uno de narices contra alguna cruda y enrevesada pared de versos. Sin embargo, uno de esos temas, se me quedó en ese sitio que se destina en la memoria y la emoción a las buenas canciones.

Con insólita madurez e ironía, dada la juventud de su compositor y el buen uso que hacía de esos recursos, Inti Santana criticaba esa especie de torre de marfil intelectualoide, esas alturas de falsa sapiencia que en tantos hace presa como torpe, y por supuesto incompleto, sinónimo de cultura y generador de posturas de desdén hacia el resto de los infelices, e incultos, mortales, en afilado dardo contra las eclécticas corrientes.

Algún tiempo después, quién sabe cuánto, me sorprendí un día viendo a ese mismo trovador en un concierto. Pero eran ya otras las canciones, y aunque a ratos igual de crudas las paredes, se vislumbraban mucho mejor los laberintos que ahora invitaba a seguir. Y a esa aguda reflexión sobre el club de la corriente ecléctica, que se me había quedado grabada y sin olvido, se sumaron entonces otros buenos títulos, nuevas historias cantadas con estaturas mejores, con honduras bien logradas.

Y como creyente y defensor que soy de las causas troveras —más si se trata de sumar a tales causas buenas obras y buenos guerreros que las sepan nacer y defender—, desde aquel ya lejano concierto, Inti Santana pasó a mi lista de trovadores a tener en cuenta.

Ahora, vuelve a sorprender gratamente con sus respuestas en esta entrevista. No porque los análisis o la capacidad de indagar el interior de los fenómenos sean un territorio ajeno a los trovadores; sin embargo, no siempre los artistas son capaces de despersonalizarse, de sacarse la segunda piel que supone hablar de sí mismos y a la vez ser objetivos y hasta críticos si llega el caso.

Sumo además, mi confesa aversión a los cuestionarios y entrevistas vía correo electrónico; en esos casos siempre me parece más rico y fructífero el diálogo cara a cara. No obstante, asuntos diversos nos llevaron a los dos a aceptar la vía electrónica para llevar a cabo esta ronda de preguntas a un trovador cuyas opiniones no quería obviar. Superado ahora el trance por ambos, me alegra haber puesto a un lado mis aversiones profesionales y contar con los criterios de Inti Santana sobre algunas cuestiones de la trova actual y de otros temas.

Agradezco entonces la sorpresa del regreso del cuestionario, por aquello de no morirse, tal como dice al final el cantor en uno de sus propios versos, y dejo paso a las rimas no neutrales que a través de sus respuestas, y de sus canciones por supuesto, defiende Inti Santana.

¿De modo general, en qué estado ves a la trova en Cuba en estos momentos?

— A esta pregunta le ronda una gran tentación: Es la aseveración no poco repetida de que en la actualidad, si se salva a los ya establecidos y a dos o tres excepciones célebres, no hay nada de valor en la trova cubana. Aunque reconozco que suena tajante, y por lo tanto encantador, en realidad esconde mucho desconocimiento y mucha vanidad. Si bien no son estos los tiempos de oro de la trova (los 80 se fueron para no volver), hay muchos matices no necesariamente célebres o impactantes que hacen que el fenómeno sea un poco más complejo que semejante absolutismo. La gran diversidad que caracteriza la trova cubana es para mí un síntoma de salud.

“Hay de todo, tanto en estéticas, como en niveles de calidad. Lo que pasa también es que con la ausencia de un acceso importante a los estudios de grabación y a los medios de difusión, lo impactante se entroniza: No solo es necesario que la canción sea buena, sino que “pegue” al momento. Y lo peor es que esto va generando una hegemonía que influye en los creadores, una ansiedad muy grande, y las sutilezas como que se van extrañando.

“Aquí cabría un paralelo con la sociedad cubana (el arte, como siempre, reflejando lo que pasa): De igual manera que Cuba podría adoptar fórmulas económicas asiáticas en pos de resultados a corto plazo, mientras sigue postergando giros profundos hacia más participación, más debate y menos centralización; pues la trova cubana se enfrenta a fórmulas donde lo efectista y lo superficial se venden como infalibles atajos al éxito. Quizá me equivoque, pero pongo muy en duda la garantía duradera de estas fórmulas.”

¿Cómo ubicarías a tu generación de trovadores, qué parte formas de ese contexto?

— Se me hace difícil discernir los límites de mi generación, al final llego a un grupo con edades similares, pero con muy poca unidad estética. Empiezo a actuar en público en el año 1999, cuando muchos de mi edad ya llevaban seis, diez años en eso, lo cual supone una diferencia grande. Algunos de esos trovadores habían pasado ya por una experiencia relevante que fue la campaña promocional llamada Cantores de la Rosa y de la Espina.

“Creo que eso les hizo más daño que bien; creo que muchos no tenían la madurez creativa que fundamentara un impulso promocional de esa magnitud, lo que generó muchas críticas y una fue que había demasiada continuidad y muy poca ruptura con respecto al legado estético de la Nueva Trova. Enfrentarse de joven a ese remolino puede generar dos posturas: que digas, “bueno, sí, ¿y qué?, estoy orgulloso de ser continuador” y seguir en lo mismo; o no decir nada y preocuparte por sonar con los acordes de tu tiempo, lo cual requiere talento y mucha humildad.

“Lo que quiero señalar es que los que salimos después tuvimos la oportunidad de extraer moraleja de todo eso y afrontar el oficio desde un ángulo enriquecido. Después vienen los tiempos del Centro Pablo de la Torriente, que nos aglutina a todos, y fue importante, porque los trovadores jóvenes y los olvidados se sintieron amparados. Tú sabes muy bien de eso: tú fuiste parte activa e imborrable de aquellos comienzos desde el Centro. Eso como que nos unió a los trovadores y creó la sensación de un grupo; pero hay demasiada diversidad como para sentirme seguro al hablar de “mi generación”. Quizá lo que nos une es que resistimos juntos trovando.”

¿Cuál es tu valoración de la difusión en general hacia el trabajo de tu generación de trovadores?

— Hay muchas aristas en eso de la difusión, hay zonas donde las instituciones cubanas realmente apoyan y protegen al trovador y en general a las manifestaciones que no “se venden” solas. Por ejemplo, uno puede acceder a las mejores salas de concierto y lograr promocionarlo en los espacios estelares con mucha mayor facilidad que en otros países, si eres un cantautor no famoso. En ese sentido se mantiene cierta magia.

“Ahora bien, no hay una difusión completa si no se escucha tu música en la radio o la TV. Para eso lo primero que hace falta es que tengas buenas grabaciones, si no es así, te pueden poner un par de veces y es como si nada. Ese es el caso de muchos trovadores, por lo que es imprescindible el acceso a los estudios de grabación. “Si este acceso casi no ocurre, y si cuando ocurre se hace a la carrera, sin un trabajo serio de mesa, con un productor “puesto”, que no conoce la obra del trovador, que más bien le interesa hacer rápido su trabajo y cobrar su cheque. Si lo mismo pasa con las compilaciones, con el agravante de entregar rápido el disco antes de tal fecha. Si tales medias tintas se tornan la generalidad, y queda el disco en vivo (con las insuficiencias técnicas que conlleva), que se graba en el A Guitarra Limpia o el Verdadero Complot como una noción de que sí existe, ¡cómo no!, la posibilidad del disco para el trovador. Si en fin sumas todo eso, andamos bien mal.

“Para mí lo peor no es que se demore el momento de grabar tu disco, sino que cuando llegue sea como una especie de favor que te hacen y no se haga con rigor. Falta mucho aquella labor de los agentes, que vayan a los conciertos y a las descargas a descubrir posibles talentos, y sean capaces de complementar las carencias ejecutivas del artista. Es como si no existiera ese trabajo en Cuba. Y es importante, porque las disqueras deberían preocuparse por dejar a la posteridad la música de estos tiempos en un sentido abarcador y desprejuiciado y con la mejor calidad.”

En el plano opuesto, ¿qué han hecho los trovadores por merecer esa difusión, para que los medios e instituciones los tomen en cuenta seriamente?

— Canciones. Y muchas muy buenas, mejor o peor defendidas, pero están ahí. Eso, aunque parezca petulante decirlo, es más que suficiente.

Dime qué triunfo, qué éxito o qué logro tiene tu generación de trovadores que ya nadie le pueda arrebatar.

— De nuevo: las canciones; y de nuevo: resistir.

Y en otra perspectiva, ¿qué te parece que no han logrado, qué les falta todavía?

— Nos falta primero ser despiadados con nosotros mismos; cuestionarnos no solo la realidad externa, sino qué estamos haciendo a media máquina frente a esa realidad, y qué no estamos haciendo de manera auténtica. Olvídate, que siempre aparece algo a lo que no le ponemos el resto.

“Una cosa que a menudo veo que falta entre los trovadores es una información musical contemporánea abarcadora. Un trovador no se puede conformar con ser alguien que dice cosas más o menos poéticas y útiles; un trovador es también un comunicador, y la música es el 50% de la canción. Tenemos entonces que hacernos de armas para sonar contemporáneos. Esto para mí es muy importante; nuestras influencias deben trascender a los clásicos cantautores: veo mucho trovador oyendo a mucho trovador y eso, si no se complementa, me parece que nos limita.

“Cada vez que los trovadores hacemos un concierto donde se nota un trabajo de mesa y se ve el desarrollo de intenciones en función de una idea, crecemos muchísimo; porque es como un signo de madurez como contraparte al peligro del que hablaba antes, ese de caer en la trampa de lo impactante y lo rítmico–guarachoso como única vía al éxito. Lo tengo muy de cerca cada noche de jueves, en nuestro espacio La Tanda, donde excelentes trovadores tienen que limitarse a echar mano a lo más movidito de su repertorio por temor a que la bulla de estos tiempos apurados se los trague. Lo peor es cuando se empieza a componer en función de eso y se entroniza la vertiente como paradigma mayor.”

¿Cómo te ubicas en tu generación de trovadores; quién es Inti Santana en medio de ese entramado?

— Es la pregunta más difícil de contestar. Voy a tratar de dar aproximaciones: Lo primero es que se sepa que si me reconozco en un camino, no es que crea que sea el mejor camino, sino que simplemente es el que mejor me va sirviendo. La convivencia de lo diferente es uno de los conceptos que más me importa defender; nunca presentar el arte como una carrera lineal donde hay medalla de oro, plata y bronce. Eso es puro chanchullo farandulero.

“Me veo en un subgrupo que juega insistentemente mezclando las sonoridades cubanas con otras que aún resultan medio extrañas. Lo que ayer vimos exótico, como el bossa nova, el blues, el rock o el jazz, hoy fluye relativamente natural e imbricado en nuestro paisaje sonoro y así seguirá la espiral, porque la música cubana es un proceso infinito de enriquecimiento. Me gusta sentirme siempre en movimiento, nunca llegué a ningún lado.

“Recientemente hice un tema que intenta un poco autodefinirme, como buen autorretrato dice más lo que quisiera ser que lo que realmente soy. El verso final es casi una cita de un verso de la trovadora Rita del Prado. Esto es un fragmento:

Déjame lejos de toda rima
Muy ocurrente pero neutral
Dame matices bien conflictivos
Como nobleza me gustan más.

Siguiente verso no sé qué dice
Si lo supiera sería el final
No sorprenderse es como morirse
A mí la duda me gusta más
A mí la duda me gusta más…

Quiero equivocarme como multitud
Quiero el beso y el experimento
No quiero vivirla tan prudentemente
Desobedecer es lo que intento”.

Tomado de La Jiribilla

Auspiciado por el Instituto Cubano de la Música (ICM), el festival que se realizará del 15 al 19 de julio en Santiago de Cuba, recordará el centenario del sonero cubano y el de la compositora Isolina Carrillo, anunció el presidente del certamen, Elíades Ochoa.

El encuentro reunirá a intérpretes locales y extranjeros de Bolivia, España, Japón y México, que cultivan ese género; además estará como invitado el cantautor Silvio Rodríguez.

Máximo Francisco Repilado Muñoz, mejor conocido como Compay Segundo, quien contribuyó con sus creaciones al cultivo del son y al florecimiento esplendoroso de ese ritmo, nació en Siboney, Cuba, el 18 de noviembre de 1907.

Se inició en la música de forma autodidacta. Durante su niñez trabajó como tabaquero y a los nueve años se trasladó con su familia a Santiago de Cuba, donde estudió solfeo y clarinete, instrumento que tocaba con la Banda Municipal de La Habana, a donde se trasladó en 1934.

Fue entonces cuando conoció a los componentes del Trío Matamoros, con el cual participó durante 12 años, en la época en la que estaba en auge Benny Moré.

Eran tiempos difíciles para los músicos cubanos, así que Compay aprendió a manejar la cuchilla de barbero y a conocer más de los secretos para la elaboración de puros.

También actuó con el conjunto de Arsenio Rodríguez y formó parte del Cuarteto Hatuey, antes de formar el dueto Los Compadres, con Lorenzo Hierrezuelo, con quien protagonizó la película “Cuba canta y baila”.

En esta época recibió el apodo con el que se dio a conocer de forma musical, el cual surgió porque a Hierrezuelo se le empezó a llamar “Compay Primo”, mientras que a él se le dijo “Compay Segundo”, por ser la segunda voz del dueto de son cubano.

La pareja se mantuvo hasta principios de los años 50, cuando tuvieron una ruptura. Entonces, el cubano decidió formar su propia banda, a la que llama Compay Segundo y su Grupo, en la que participan como cantantes Carlos Embale y Pío Leyva. sigue
Rendirán homenaje a Compay… dos… Leyva Sin embargo, con el triunfo en 1959 de la revolución castrista, que acabó con los cabarets de La Habana, el músico cayó en el olvido durante algunas décadas, en las que se dedicó a torcer tabaco en una fábrica de la isla caribeña.

Ya en los 90, el musicólogo Danilo Orozco habla a Santiago Auserón y otros amigos españoles de Compay Segundo y relanza su carrera al llevarle a tocar al Smithsonian Institute de Washington, Estados Unidos, junto al Cuarteto Patria y Rapindey, con lo que se abre la “conexión española” que desemboca en un estrellato mundial.

En 1997 fue invitado a participar en el disco “Buena Vista Social Club”, auspiciado por el guitarrista estadunidense Ry Cooder, producción que ganó el premio Grammy en la categoría de Música Tradicional, y con el que el artista se colocó en el gusto del público a nivel internacional.

La placa reunió a personalidades de la música como Rubén González, Ibrahim Ferrer y Eliades Ochoa, quienes mezclaron sus culturas para construir el disco que resultó ser una obra maestra con elegancia, sobriedad y profundidad.

“Buena Vista Social Club”, fue el título de un documental que realizó el cineasta alemán Win Wenders y que ayudó al resurgimiento de la música tradicional cubana y sus intérpretes, con lo que el mundo ubicó a la isla como cuna del son y el bolero.

El 15 de noviembre de 1997, con motivo de sus 90 años de vida, recibió la Orden Félix Varela, la más alta distinción honorífica en el mundo de las artes que otorga el gobierno cubano.

Así es como Compay Segundo disfrutó de un renacimiento acompañado de las mieles del éxito, cuando llevó la música cubana a los escenarios más importantes del mundo, donde ovacionaron su genialidad.

Compay, quien poseía una voz de barítono bajo y utilizaba mucho la clave y el cinquillo -un compás incompleto-, dio a conocer al mundo temas como: “Chan Chan”, “Macusa” -canción predilecta del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez- y “Las flores de la vida”.

El artista aportó a la música tradicional cubana una sonoridad especial que provocó en el oyente una especie de optimismo con un toque de amargura, así como la invención del armónico, una guitarra con seis cuerdas en la que se repite la cuerda Sol.

Desde 1996 sacó al mercado nueve discos, entre ellos “Antología de Compay Segundo” (1996), “Yo vengo aquí” (1996), “Calle salud” (1999), “Saludo Compay” y “Las flores de la vida” (2000).

La jovialidad fue la principal característica del músico, quien en repetidas ocasiones afirmó que su sueño era cumplir 116 años, edad a la que murió su abuela.

Amante de los mariscos, el ron y el buen tabaco, su última presentación en público fue en febrero de 2003 en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, donde cautivó a los espectadores con su cancionero y su permanente humor.

Compay Segundo murió el 14 de julio de 2003 en su tierra natal. Sus restos reposan en Santiago de Cuba, según su voluntad, y entre las ofrendas florales llegadas a la capilla en donde se le rindió el último adiós, se encontraba la enviada por el presidente cubano Fidel Castro.

La imagen en vivo y a todo color del desaparecido integrante del Buenavista Social Club continúa presente en su país, mediante una estatua de cera.

Asimismo, el espíritu de optimismo y jovialidad sigue vigente mediante las presentaciones que lleva a cabo la orquesta que él encabezara, y que ahora dirige su hijo, Salvador Repilado.

El 25 de junio de 2008 La Casa-Museo Compay Segundo, con sede en La Habana, lanzó la convocatoria a un concurso de interpretación musical, en memoria del legendario trovador cubano, para preservar su legado artístico y como parte de los homenajes organizados en la isla por el centenario de su nacimiento.

El certamen estuvo concebido para agrupaciones cubanas de pequeño y gran formato, que pudieron seleccionar un tema del repertorio de Compay Segundo, como parte de los esfuerzos para preservar el legado artístico del trovador.

Los premiados del concurso, que tuvo una frecuencia bienal, recibieron guitarras y una réplica del sombrero, uno de los objetos personales que caracterizaron la personalidad del cantautor cubano.

Una exposición de pintura integrada por obras de reconocidos artistas cubanos, conciertos, la presentación de un nuevo disco con las canciones que Compay nunca grabó y una gira nacional, también formaron parte de las actividades preparadas por los integrantes de su grupo musical para festejar los cien años de su nacimiento.

Compay Segundo en el mítico Olimpia de Paris, interpretando “El Camisón de Pepa”.