A propósito del lanzamiento del Cd Doble “Buena Vista Social Club at Carnigie Hall”, presentamos esta nota que recoge con mucha sensibilidad y emoción este acontecimiento músico cultural que se llevó a cabo un 1 de julio de 1998 en la ciudad de Nueva York.

Por: J. F. Hernández

Jueves, 16 Octubre, 2008

El 1 de julio de 1998 la legendaria sala del Carnegie Hall de Manhattan transpiró uno más de sus milagros invaluables. Por obra y gracia de un tal Ray Cooder, con sueños dilatados por Juan de Marcos, brilló sobre ese escenario una entrañable legión de arcángeles que, habiendo sido olvidados, hoy son inmortales.

Debemos a Ray Cooder el enrevesado milagro de haber resucitado a los músicos y cantantes del Buena Vista Social Club antes de que murieran y de llevarlos a la sala de Carnegie, luego de haberlos grabado en discos que miles hemos memorizado. En esa legendaria sala de acústicas perfectas tuvo su estreno mundial la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorák, varias joyas de George Gershwin (entre ellas Un americano en París), los contrastes de Bela Bartok y las variaciones de Rachmaninoff sobre un tema de Corelli, con el propio Rachmaninoff al piano. Allí ha habido magia para todas las generaciones: estrenos desconcertantes de Phillip Glass o los adorables desconciertos de cuatro profetas con melena que se hacían llamar The Beatles.

No es hipérbole ni exageración afirmar que Carnegie Hall es el escenario central del corazón de las culturas norteamericanas y, por ende, del mundo moderno o, por lo menos, imaginar que ese teatro es el alma musical de Manhattan. Todo neoyorquino se sabe el cuento del músico anónimo con cara de apuración que anda perdido en las calles cercanas a Times Square con el estuche de su violín bajo el brazo. Arriesgando un desprecio, le pregunta a un señor con el que se cruza en medio de la constante marea de multitud: “¿Usted sabe cómo puedo llegar a Carnegie Hall?” y el viejo le responde al vuelo: “Hay que ensayar… ensaya… ensaya mucho” y consta también esa popularidad respetuosa en una vieja película que registra el día en que Benny Goodman sacudió las butacas de esa catedral; luego de haber deslumbrado al auditorio con una perfecta interpretación de Mozart al clarinete, propuso con su orquesta la insólita epifanía del swing. Por eso Carnegie Hall es el escenario donde lo clásico se vuelve popular y viceversa, por eso allí mismo, de todos los santuarios posibles, Ray Cooder hizo desfilar en escena las voces y músicas de Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Pío Leyva, Manuel Puntillita Licea, el piano intemporal de Rubén González, el contrabajo cardiaco de Orlando Cachaíto López, la trompeta celestial de Manuel Guajiro Mirabal, el laúd sísmico de Barbarito Torres, al derecho y al revés, y la guitarra campestre de Elíades Ochoa.

Que me perdonen las tumbadoras, el güiro y la campana, pero no puedo nombrar a todos los protagonistas musicales que hicieron el milagro, hace exactamente diez años, sobre el escenario del Carnegie Hall. Para ello contamos ahora con el disco Buena Vista Social Club en el Carnegie Hall, donde se enlistan los nombres de cada uno de los músicos, al lado de las grabaciones intactas del milagro completo. Eso quedó filmado por la mirada de Wim Wenders e integrado al popular documental que da cuenta y constancia de la resurrección que hiciera Cooder, de la mano de Juan de Marcos, pero ahora queda al oído y subrayado el hecho de que hubo una noche, hace exactamente diez años, en que todos los arcángeles que formaban el Buena Vista tocaron y cantaron a la perfección. En la crónica con la que el New York Times celebraba el milagro, el periodista Jon Pareles escribió que “con la delicia semiamarga de un bolero clásico, el Buena Vista Social Club celebraba la vitalidad y el virtuosismo de sus músicos y simultáneamente lamentaba la era a la que pertenecían”, por no decir que músicos cubanos de setenta, ochenta y noventa años estaban en ese momento signando un salvoconducto de eternidades para la mejor música cubana de todos los tiempos, los boleros que lloran de sobremesa, las canciones de versos nuestros que cantan las abuelas creyendo que nadie las escucha y la juguetería alucinante de un tres enloquecido. Esa noche hubo candela, cha-cha-cha, mambo y montuno. Magia pura entrañable en el piano del abrazable Rubén González, a quien no le alcanzaban las teclas de un fantástico piano para alargar hasta La Habana sus arpegios y pura magia cuando las “las voces de los señores Ferrer y Segundo cantaban con tonos dulces, redondeados, menos cortantes que los de los cantantes de salsa, y las letras se deleitaban en pasiones y reminiscencias de amores perdidos”.

Agrega el periodista que “Octavio Calderón y Manuel Mirabal hacían reír y llorar a sus trompetas; Barbarito Torres, en el laúd de 12 cuerdas, tocaba líneas zumbantes como flechas y clavaba acordes disonantes. Los solos en guitarra de Compay Segundo fueron brillantes y lánguidos, rezagándose al ritmo y luego echando carreras para alcanzarlo” y concluye que esa noche “la música estaba llena de una nostalgia y ternura que sugería la amabilidad de la vida tropical y la inocencia prerrevolucionaria”, por no decir que esa noche se cuajaba un milagro de diversa apreciación: en medio del inmenso vado que separa a una isla del mundo, está la música que nos une; de espaldas a la Historia con mayúscula los verdaderos absueltos son los cantantes humildes y los anónimos que saben afinar una guitarra; de espaldas al Tiempo, al paso implacable de cada minuto, no hay nada en el mundo como ver que un abuelo mueva las caderas como si fueran los primeros pasos de un niño.

A una década de aquella noche inolvidable, que ahora podemos escuchar desde la primera fila del más íntimo sentimiento, la mayoría de los arcángeles que nos siguen cantando ya se han vuelto inmortales, habiendo sido olvidados. Consta que, luego del concierto en Carnegie Hall, ya no volvieron a compartir escenario todos juntos y consta en actas que han muerto aunque perviven en cada nota y ritmo que siguen contagiando a la piel y las entrañas de los vivos en cualquier idioma, cultura o credo. Que conste también que hubo una noche en que un puñado de trovadores logró el enrevesado milagro de iluminar Manhattan.

Fuente: http://www.milenio.com

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