El valor de este Cd doble es más que testimonial, pues remueve lo más profundos sentimientos y emociones que produce la mejor música cubana del mundo.

Si el documental de Wim Wenders daba cuenta parcialmente del proceso de gestación de las producciones en estudio, este Cd muestra a la banda de ancianos en su contacto directo con el público y su sonido en estado natural. Ahora uno puede decir que la orquesta del Buenavista “sonaba así”. De alguna manera cobra total vigencia la aseveración de ese gran presentador de Radio Progreso (Cuba), Don Eduardo Rosillo, quien nos afirmara que el éxito del BuenaVista provenía del hecho de que se había grabado, como debe grabar la música cubana: “con toda la banda junta metida en un estudio de grabación”.

Y es que al escuchar los primeros acordes de “Chan Chan”, luego de la presentación de Ry Cooder, siente que el éxito del tema, tal vez del fenómeno BuenaVista, se puede explicar a partir de su capacidad para crear una atmósfera, un clima musical especial. ¡Cuanta razón tiene el maestro Rosillo!.

Compay Segundo, fue la estrella del Buena Vista porque encarnó una especie de reserva musical, de antiguos soneros y trovadores en pleno esplendor de la mercadotecnia. Al verlo y escucharlo (“¿Y tú que has hecho?”) uno adquiere la certeza que existen seres humanos que lo único que pueden y deben hacer es coger una guitarra y ponerse a cantar para hacer reír o llorar a los corazones. Como dijo alguna vez y con mucha razón Miguel Bosé “era como un dios venido de otros tiempos”.

La languidez de la voz de Ibrahim Ferrer (“Dos Gardenias”) acompañada de la venerable Omara Portuondo, interpretando el bolero “Silencio” y a partir de allí convertir al mítico escenario en un espacio íntimo privilegiado, ante el mutismo respetuoso de los cientos de asistentes, constituye un instante muy emotivo del concierto.

La maestría interpretativa de Ibrahim, Manuel “Puntillita” Licea, Eliades Ochoa y Pío Leyva, en “Candela” y el “Cuarto de Tula”, es tan natural -noten como el primero arenga a la orquesta completa al iniciar uno de los temas- que parece como si estuvieran en un solar habanero, demostrándole al mundo, precisamente en su simbólica capital, que la pretensión última de los auténticos artistas es la de transmitir su arte, su obra, que en este caso es cantar la música que pone al alma a bailar (recuerden el rostro final de Ibrahim Ferrer bajo el lente de Wenders en el famoso documental). Es posible imaginarse al Carnigie Hall viniéndose abajo ante el impacto sonoro de la música que modularan Ignacio Piñeiro, Arsenio Rodríguez, Jorrín, Pérez Prado, y otros tantos genios.

Pero las voces de los viejos entrañables es la punta del iceberg, constituido por una orquesta que suena con una potencia y vitalidad que surgen del bajo del ya legendario Orlando “Cachaíto” López -que es con letras en mayúsculas el corazón rítmico del BuenaVista-, la trompeta del “Guajiro” Mirabal, el laúd de Barbarito Torres de cuyas notas brotan todo el color de la música cubana, quizás en la forma de flores amarillas, y los timbales de Amadito Valdés que toca como se debe tocar el timbal, sin prisas y sin excesos que desvirtúen su esencia.

Mención aparte merece la perfomance de Rubén González (“La Engañadora”, “Buena Vista Social Club”, “Siboney”, “Almendra”, “Mandinga”) y su manera tan clásica de aproximarse al piano, recordándonos que dentro de la música tradicional cubana el piano se toca de esa única manera: sin apelar a formas jazzísticas demasiados rebuscadas, sin alardes exagerados de virtuosismo, respetando sobretodo la cadencia que el son cubano impone.

Gabriel García Márquez, “Gabo” decía que lo único mejor que escuchar música es hablar de ella. Creemos que por el momento es suficiente con lo aquí afirmado. Ahora déjese llevar por las sensaciones que surgirán de oír esta magnifica producción y rememore el momento más significativo de unos de los fenómenos más importante de la música cubana.

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