Por Carlos Galilea
BABELIA (Diario El País de España)

20-09-2008

Si trabajaran en alguna empresa española probablemente los habrían prejubilado ya. Sustituidos por jóvenes en ocasiones competentes, entusiastas y cordiales, pero muchas veces sobradamente sobrados y con el único bagaje cultural de Wikipedia y Google. Y es que se impone lo que alguien ha definido como negociado Juvenalia. Dos factores al menos para que triunfe la aberración de ir eliminando a un par de generaciones: el culto a la juventud y la bicoca que supone en muchos casos volver a pagar sueldos de hace un par de lustros.

Algunos de los héroes musicales de los últimos meses en España, paradójicamente, han sido artistas que, según estos nuevos aires que corren, deberían no ya estar prejubilados sino en una residencia de la tercera edad. Busquen las fechas de nacimiento de Bob Dylan, Leonard Cohen, Neil Young, Mick Jagger o incluso Tom Waits y Springsteen. Por no hablar de Herbie Hancock, Caetano Veloso, Rubén Blades, Wayne Shorter o Paolo Conte. Por cierto, ¿se imagina alguien que esa discriminación por edad se ejerciera en función de la raza, la orientación sexual o la confesión religiosa? Que en lugar de apartar de la vida laboral a una persona por su carnet de identidad se hiciera, pongamos por caso, por ser mujer, homosexual, negro o judío. Se armaría -y con razón- la de aquí es Cristo ¿o no? Cuando en 2000 el cantante francés Henri Salvador ofreció a las discográficas el maravilloso Chambre avec vue se topó con las sonrisas escépticas de los ejecutivos. Nadie en París quiso editarlo. Alegaban que el hombre estaba muy mayor. Sí, tenía 82 años -murió hace unos meses con 90-, pero también la voz sedosa de los mejores crooners. El disco pudo grabarse y editarse gracias a un joven admirador que convenció a un amigo suyo para financiarlo. Vendieron dos millones de ejemplares y se llevaron los premios Victoires de la Musique (los Grammy de la industria francesa) al mejor disco del año y mejor cantante masculino. ¿La reacción de Salvador? “Joder, qué pandilla de gilipollas. Tienen el don de dejar escapar los buenos negocios”.

“El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, dice la canción de Pablo Milanés, que prescinde del reloj porque le agobia ver el avance inexorable de las horas. Dos compatriotas, Bebo Valdés, a punto de cumplir 90 años, y Omara Portuondo, que llega ya a los 78, publican disco. Son cubanos como los ahora añorados Ibrahim Ferrer, Rubén González, Pío Leyva y Compay Segundo, que vivían en el olvido cuando Santiago Auserón o Nick Gold los rescataron. Bebo será noticia por partida triple a principios de octubre: publica Juntos para siempre, a dos pianos con su hijo Chucho; se presentarán por primera vez los dos solos en una gira, y se edita Bebo de Cuba, la biografía que firma el sueco Mats Lundahl.

Mala cosa es prescindir de alguien por cuestiones de edad o perderse la posibilidad de disfrutar de su arte o su talento porque éste tenga supuesta fecha de caducidad. Puestos a ir a contracorriente no nos privemos siquiera de los muertos: porque ahí está lo que nos dejaron tipos como Mozart, Brel, Camarón, Piazzolla, Jobim, Miles, Hendrix, Nick Drake… ¿Alguien da más?

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