La tarima estaba acondicionada y lista para el ritual. Al fondo, el símbolo de la paz que en 1958 el diseñador textil Gerald Holtom creó en favor del desarme nuclear y se popularizó en los sesenta, dominaba el escenario sobre un fondo blanco. Al centro se eleva de manera mística el altar. En su frontis, arenado sobre un vidrio la palabra bendita: Salsa. Sobre él una caja de vinilos de diverso origen y procedencia son el alimento para el espíritu. Pan del alma, sosiego del bailador.

El cáliz del sonido gira y gira, la grabación mecánica analógica empieza a envolver el ambiente y lo cubre todo, nos bendice y santifica. Es una epifanía que la aguja que sigue el surco lo convierte en señal eléctrica. Y nos conecta. Nos une. Nos hace hermandad. Y los cuerpos se contorsiona con la percusión de Barreto, el bajo de Boby, las pailas de Orestes Vilató. El coro de Fania penetra en el alma y allí mismo se retorna al barrio, al piso de madera, a la pared de adobe del  callejón, al foquito del Corazón de Jesús, a los pantalones pistolas con boca ancha y a la cadera, al makario, al African Look, al scratch de surco que capta la aguja.

La Descarga ya comenzó. La noche toma su propio curso y el vinilo hoy es el rey. Omar y sus hermanas Yvón y Jessica están cumpliendo otro sueño más y nosotros retornando a los setenta.


Descarga es encuentro de generaciones.


Tocando el cielo con rumba.

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