Djelimady Tounkara (guitarra eléctrica), Eliades Ochoa (guitarra), Lassana Diabaté (balafón), Kasse Mady Diabaté (voz) y Bassekou Kouyaté (n'goni)

El estreno mundial de ‘AfroCubism’, con Eliades Ochoa y músicos malienses, rescata en La Mar de Músicas la idea original del mítico Buena Vista Social Club

Por: CARLOS GALILEA – Cartagena – Diario El País (España) 11/07/2010

Un estreno mundial: AfroCubism, el ambicioso proyecto que reúne a músicos de Cuba y Malí. Más de 2.000 personas pudieron presenciar el viernes por la noche en La Mar de Músicas la puesta de largo del Buena Vista Social Club original. Porque BVSC fue un accidente, hermoso y afortunado, pero un accidente.

El objetivo del guitarrista Ry Cooder y el productor Nick Gold, en 1996 en La Habana, era traer de Bamako a unos músicos malienses para grabar con cubanos. Un problema de visados dejó en tierra a Bassekou Kouyaté y a Djelimady Tounkara, y el obligado cambio de planes se convirtió en un disco maravilloso que abrió al son cubano las puertas del mundo. Aquel encuentro entre caribe-ños y africanos no se pudo hacer, pero la idea quedó en el aire. Y, ahora, 14 años después, llega por fin AfroCubism.

Son tres fenómenos. Nadie hoy representa mejor la tradición del son cubano que Eliades Ochoa, nadie toca el n’goni (ancestro del banjo) como Bassekou Kouyaté y no hay kora (arpa-laúd) más asombrosa que la que acaricia Toumani Diabaté. Pero en AfroCubism también están un colosal Lassana Diabaté percutiendo con maestría el balafón (un tipo de xilófono) y un grandote Djelimady Tounkara con su solvente guitarra.

Empezó el concierto con Al vaivén de mi carreta, una vieja guajira de Ñico Saquito. “Trabajo de enero a enero, y de sol a sol, y qué poquito dinero me pagan por mi sudor”, cantaba Eliades Ochoa, luciendo uno de esos sombreros negros con el que le fotografió Anton Corbijn. Y Kasse Mady Diabaté retomó la canción con su voz de ángel heredada de un abuelo que provocaba lágrimas de felicidad al cantar. “Y que luego vengan Vampire Weekend a hacer lo que hacen”, comentó con ironía un habitual del festival.

Espectacular estuvo Lassana Diabaté al balafón con los 13 músicos rumbeando y el remache final de las trompetas antes de La culebra, en la que Eliades evoca al Beny (Moré) con los malienses aportando un suave perfume africano a la grabación original del Bárbaro del ritmo. Toumani, Bassekou y Eliades se quedaron solos para una sutil Guantanamera, que a más de uno se le escapó por culpa del bullicio festivo y de la energía contagiosa del son Para los pinares se va Montoro, guiño a Compay Segundo, que al igual que los añorados Ibrahim Ferrer, Pío Leyva o Rubén González siguen muy vivos en nuestra memoria.

Nick Gold cree que la cosa funciona: “Es mejor de lo que había imaginado o soñado. Hay más repertorio maliense que en la idea original, que consistía en dar otro aroma a la música tradicional cubana. Esta colaboración me parece más radical y sustanciosa”. Confiesa que la primera vez que escuchó música de Cuba fue tocada por africanos. Y le gustó cómo lo hacían, de una forma más suave, ligera, que él prefiere incluso a la de los propios cubanos. “Me preguntan si yo quería unir dos culturas, pero no se trata de eso”, dice riendo. “Me maravilla cómo suenan juntas las guitarras, la kora, las maracas, el balafón… Como un auténtico grupo”.

De las costas de África partieron hacia América millones de hombres, mujeres y niños hacinados como animales para un viaje sin retorno. Pero, a partir de 1950, su música regresó. Los sonidos cubanos fueron retomados por orquestas como la Star Band o la Baobab. Y se han producido anteriormente aproximaciones como Africando, serie en la que el productor Ibrahima Sylla juntó músicos latinos con cantantes senegaleses, o como CubÁfrica, el disco que Eliades Ochoa grabó con el saxofonista camerunés Manu Dibango. Nada más fácil que oír a un africano cantar El carretero con una imitación en idioma wolof del sonido del español. “Pero esta mezcla que estamos haciendo nosotros no se ha visto antes”, afirma Eliades Ochoa.

El estreno de AfroCubism, retransmitido por Radio 3, trajo hasta Cartagena a periodistas de la BBC, The Guardian o Libération, y revistas especializadas como Songlines o Les Inrockuptibles. Durante los ensayos del concierto, uno de los malienses hablaba en bambara y un cubano en español. Y se entendían: estaba hablando la música.

Por el Nuevo Teatro Circo, alquilado de lunes a viernes para ensayar, correteaba Ami, la hija mulata de cuatro años de la fotógrafa del sello World Circuit. Mientras, bajo la mirada de Nick Gold, Eliades, Toumani y Bassekou cerraban una improvisación sobre Guantanamera como si llevaran tocando juntos media vida. “Cuando todo el mundo está atento y pone el mismo deseo de hacer las cosas bien hechas, las cosas salen bien. Lo malo es que a veces nos desenchufamos y ahí es donde se equivoca alguien o no para a tiempo”, dice Eliades. “No es fácil injertarnos en la forma de ellos y que ellos se metan en nuestra música. Son los pequeños problemas que hacen grande a un amor”, comenta. Y en eso andan desde la primera sesión de grabación del disco en un estudio de Coslada (Madrid).

Hoy están ya todos en Holanda, para actuar en el North Sea Jazz Festival, y el 2 de noviembre comenzará la gira que les va a llevar -con dos citas en España: el 11 de noviembre en Madrid y el 18 en Barcelona- desde Oslo hasta Nueva York. Ninguno de los protagonistas de BVSC se imaginó lo que iba a pasar con aquel disco. Tampoco ahora, y menos aún con los tiempos que corren para la industria discográfica, se atreve nadie a augurar el futuro de AfroCubism. La clave del éxito quizá sea que ellos se lo pasen mejor sobre el escenario que el propio público.

Anuncios