Dos producciones recientes de la EGREM llegan con aires frescos sobre géneros musicales quizá menos favorecidos por la mirada discográfica y de los medios. Con Rumbatá y Soy la décima guajira, la editora musical más antigua de la Isla propone, sin apartarse de las esencias, las visiones actuales de la rumba y la música campesina.

En Rumbatá, del grupo camagüeyano de igual nombre, se palpa el sonido de la percusión manteniendo esa elocuencia citadina y de amplia influencia africana. La agrupación que dirige Wilmer Ferrán Jiménez —quien corrió con la mayoría de los arreglos y composiciones del CD—, demuestra que bajo los toques de la rumba es posible contextualizar temas originarios de la trova y la música tradicional, como sucede con las versiones de Candil de Nieve (Raúl Torres), y Mariposita de primavera (Miguel Matamoros).

Con sonido de tambor de fondo aparece el homenaje a Pello el Afrokán mediante el mozambique María Caracoles, como otra de las formas en las que la melodía puede desdoblarse y ser voz y música de alto vuelo y de tributo; o llegar a fusionarse con armonías más contemporáneas, como en el ritmo del rap-guaguancó La botella.

Pero en el álbum se va más allá de las adaptaciones y el estar a tono con la modernidad. Los artistas se adentran en variantes de la rumba como el yambú (El niño va pa’ la escuela), el guaguancó (No se atreva, Rumba y batá y Yeyo compadre), o la columbia (La última bala); en los que se evidencia un respeto por la rumba en su faceta más «clásica».

Aunque este es el primer disco de Rumbatá, ya en él se refleja una solidez artística que les ha permitido andar con mayor soltura por las distintas vertientes del estilo, solidez que se alcanza tras un largo recorrido que data desde su fundación en 1996, y que cumplimenta al beber de las raíces rumberas localizadas en La Habana y Matanzas, cunas naturales del género.

Tampoco al grupo le resultan lejanas las influencias de la tradición de congas y comparsas camagüeyanas, las que universalizan desde el sabor de la clave, el cajón, el quinto y los tambores de Rumbatá.

Esas fueron razones de peso para que Manolito Simonet asumiera la producción del disco. «Después de escuchar a los muchachos de Rumbatá, tras una invitación que les hice a Cubadisco, me quedé muy impresionado con lo que podía hacerse con la percusión sin utilizar el piano, las guitarras… Al verlos en esa ocasión me dije: “Hay que hacerles un disco. No es cuestión de Camagüey, es nacional”».
Soy la décima guajira

Otra de las novedades discográficas es Soy la décima guajira, que toma el nombre de uno de los versos del poeta Raúl Ferrer. Esta es una producción agradecida y esperada que cuenta con la colaboración del Ministerio de Cultura y el Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado.

En álbum doble, la EGREM presenta una compilación singular de la música rural de la Isla, que trasciende por su apego a lo más tradicional de esa música. En él se aprecia una variedad de matices de tonadas, punto libre y fijo o cruzado, y en las temáticas que aborda.

El amor y el desamor (Entre el adiós y la espera), el sida, sitios entrañables como las ciudades (A Cienfuegos, Al Camagüey y Tonada a Pinar del Río), espacios emblemáticos como El central y piezas de vestir tan tradicionales como La guayabera; no escapan al lente de los bardos.

Poetas, improvisadores y tonadistas de varias generaciones se unieron en el fonograma, como Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí), Ernestina Trimiño, Gina García, Troadio «Nono» García, Héctor Peláez, Luis Paz Esquivel, Nelson Lima, Yusniel Piloto y Leandro Camargo, entre otros.

La idea original de realizar un CD con estas características fue de Haydée Hernández y de Patricia Tápanes. Para Tápanes, quien corrió además con la producción musical, Soy la décima… constituye el «lugar donde se alza la transparencia del canto, el virtuosismo instrumental alejado de toda academia y se presencia un remoto misterio de comunicación entre poesía y música».

Precisamente de esa comunicación mediante la música, desde dos visiones que nos muestran de dónde venimos y de qué estamos hechos culturalmente, se nos develan Rumbatá y Soy la décima guajira. Estos discos hurgan en nuestras esencias culturales y demuestran que, si insistimos, concurrirán otras agradables sorpresas.

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