Por: Emir García Meralla

26 de Agosto, 2008

(Cubarte).- Uno de los grandes retos a los que se enfrentó la música cubana a partir de los años noventa del pasado siglo fue la entrada en el circuito comercial de compañías y empresas discográficas provenientes de los más disímiles lugares del mundo y con los más variados intereses y direcciones de trabajo.

Durante cerca de cuarenta años el monopolio de la grabación, producción y distribución de discos, así como el tema editorial a él asociado estuvo en manos de la EGREM; empresa que capitalizó en su momento los distintos sellos productores que a comienzos de la década del sesenta existían en Cuba. Marcas como Discos Puchitos, Discos Gema, Kubaney, Goris, entre otros fueron el aporte fundamental con que se comenzó a formar el patrimonio de la que aún hoy es la más grande casa discográfica cubana; en sus bóvedas duermen muchas de las grabaciones hechas por todas las grandes figuras de la música cubana por cerca de ochenta años.

La década del noventa, con toda la serie de cambios estructurales que aportó a la sociedad cubana, marcó el inicio de un fenómeno desconocido hasta ese entonces por los músicos cubanos: la oportunidad de grabar en función de las necesidades básicas del mercado de la música; es decir pasaron de actores pasivos a actores activos en la estructuración y conformación de la música como mercancía; y es en este punto donde ocurre la entrada de al menos una decena de sellos discográficos, algunos creados a partir de la posibilidad comercial que se abría y otros, los menos afortunados, obra de inescrupulosos comerciantes que acudieron como moscas ante el merengue que se ofrecía.

Una vez escuchado el pistoletazo de salida vivimos la era Magic Music, la era Caribe Production y la era Art Color; empresas estas que comenzaron a marcar la pauta en materia de grabación, comercialización y distribución del producto discográfico cubano de estos años. A su manera, estas primeras discográficas punteras, parecía que habían ocupado todos los espacios posibles y habían absorbido todo el talento disponible, lo que dejaba a la EGREM en una posición desventajosa en cuanto a la capacidad de contratar lo mejor del talento musical cubano disponible en estos años, a partir de los pingües contratos que ofrecían estas discográficas foráneas.

El otro fenómeno que conoció la discografía cubana de estos años fue el de las producciones ocasionales, a partir de proyectos discográficos generados en cualquier ciudad del mundo en la que estuviese trabajando un músico cubano; tal vez los más felices de estos proyectos “de ocasión” fueron el Buenavista Social Club, de Juan de Marcos González y el Cubanismo de Jesús Alemañi; en honor a la verdad las palmas del fracaso en estos proyectos corresponde a los ejecutivos de RTV Comercial, quienes apostaron alocadamente y lanzaron sus dardos en todas las direcciones, comprometiendo a veces el talento musical cubano con acciones improvisadas.

En el momento de la apertura de las compuertas de la discografía cubana en todas las direcciones una de las compañías discográficas que llegó a Cuba fue Fania, la que en la persona de su fundador y presidente Jerry Massuchi se comenzó a interesar en aquellas zonas de la música cubana que de alguna manera convergieran con la tradición de esta empresa, a cuyo empuje y apuesta se debía la existencia del movimiento, o el fenómeno salsa; o simplemente la Salsa. Los nombres de Pedro de Jesús, como intérprete y compositor; así como el de Pedro Dikán, entre otros cruzaron el estrecho de la Florida y se comenzaron a establecer en el gusto de los seguidores de una salsa que intentaba alejarse de las historias de “cama y mesa” que se venían imponiendo.

Con pretensiones similares a las de Fania, pero teniendo a Europa, España fundamentalmente, como eje de su mercado, llegó la tropa de Alberto Segura, o lo que es lo mismo Manzana Record, conocida en Cuba bajo el nombre de EUROTROPICAL– división creada expresamente para Cuba y sus músicos–, quien además de comenzar su trabajo en Cuba licenciando el disco “Pablo Canta Boleros en Tropicana”, tomo nota de parte del talento cubano de aquel entonces. A Manzana deben Liuba María Hévia, Manolito Simonet y Giraldo Piloto parte de su carrera discográfica en estos años; pero también Manzana descubrió lo que pudo haber sido un acontecimiento creativo descomunal en aquellos años noventa: William Vivanco, el único miembro de su fichaje en Cuba que no llegó a grabar su producción por causas extra musicales; pero Manzana Record también apostó por la tradición y asumió la figura de Faustino Oramas, “el Guayabero”.

Pero de acuerdo a los ciclos vitales Massuchi murió en el verano argentino a fines del año 2000 y en mayo del 2002 se anunciaba en la Feria CUBADISCO que Manzana Record pasaba a formar parte de la estructura del grupo español PRISA; estos dos eventos trazaron la ruta para que los músicos cubanos pertenecientes al catálogo de estas disqueras sufrieran su “cesantía” musical. Para los nuevos ejecutivos de estas empresas los músicos cubanos eran una inversión innecesaria, sobre todo si no peinaban canas.

Los acontecimientos antes planteados para nada interfirieron en el trabajo de Art Color que impresionó a la comunidad musical cubana al revelar sus vínculos con RMM, el emporio musical neoyorquino que había ocupado el espacio de la Fania, a partir de una sorpresiva visita de Ralph Mercado a La Habana; pero lo que para muchos avizoraba el gran salto se convirtió en decepción, pues Mercado solamente se limitó a tomar nota del ambiente musical cubano y a manera de ronda consolatoria decidió licenciar a algunos artistas del catálogo de Art Color y solamente firmó a Isaac Delgado, todo ello después de consentir financiar el filme Yo soy, del Son a la Salsa.

Magic Music, ante el empuje de sus grandes proyectos, no se olvide La isla de la música, quizás el primer mapa musical cubano de importancia; fue absorbida por Universal Record, que como siempre ocurre silenció su catálogo, por lo que aquellos músicos firmados por ella quedaron desamparados discográficamente.

En el caso de Caribean Production, fue tal su sangría económica que se vio obligada a cerrar sus operaciones ante una inminente quiebra. Federico García, su presidente, no pudo soportar la presión de sus asesores y colaboradores a grabar y compilar cuanto pudiera, pero a diferencia de Art Color, que desapareció en el momento de fallecer su director y fundador Ali Ko; y de Magic Music de Francis Cabezas que fue literalmente aplastado; Federico vendió todo su catálogo y activos a EGREM y a ARTEX.

De 1993 al año 2000 la discografía cubana había vivido años de fuerza y diversidad discográfica, se habían establecido e instaurado nuevas maneras de entender y asumir la industria musical. Por siete años hubo una vanguardia empresarial que marcó pautas económicas y creativas, pero en el seno de esta avanzada comenzó a gestarse una nueva manera de entender el hecho musical cubano desde otra perspectiva, con otro sentido que no fuera el de los grandes despliegues o el del gigante dormido y abandonado a su suerte en que quedó convertida la EGREM. Los sellos discográficos pequeños, alternativos y de recursos limitados pero saturados de talento comenzaron a emerger. La hora de Bis Music, Luzáfrica, Tumy Music y Ahí Na´Má estaba por sonar.

Continuará…
Fuente: CUBARTE

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