Por: Mercedes Santos Moray

Una de las expresiones fundamentales de la cultura cubana y su manifestación más popular lo es la música. Por eso, no debe extrañarnos si, desde los primeros tiempos de la exhibición y de la producción del cine, en la Isla, vemos cómo algunos de los mayores nombres del pentagrama aparecen asociados al séptimo arte.

Y así sucedió con el más universal de los compositores cubanos del siglo XX: Ernesto Lecuona. Según relatan sus biógrafos y los más importantes musicólogos, ya a los cinco años ejecutaba el piano, que sería su instrumento, y a los doce años había creado sus primeras piezas, y se le veía actuar, como pianista acompañante de las imágenes en aquel período del cine silente en el Fedora, sala cinematográfica situada en las céntricas y habaneras calles de Belascoaín y San Miguel.

En los intermedios, entre proyección y proyección, aquel adolescente dirigía la reducida orquesta acompañante y ofrecía solos de piano, quien llegaría a ser uno de los más extraordinarios ejecutantes del instrumento, también en los cine Parisién, Norma, Turín, Téstor, Orión, en la capital cubana, antes de llegar a ser, como lo sería después, uno de los pilares del teatro musical con la creación de la zarzuela cubana, junto a los maestros Gonzalo Roig y Rodrigo Prats. Muchos años después, una de las zarzuelas de Lecuona, la María la O, sería versionada al celuloide, en una coproducción cubano-mexicana, en cuyo elenco se encontraría Rita Montaner.

Pero volviendo a los orígenes de aquella temprana relación entre la música y las imágenes, en la vida del maestro, podemos ver cómo cuando apareció el cine sonoro, también piezas de Ernesto Lecuona sirvieron de banda musical a varios filmes cubanos. Entre sus títulos utilizados en la pantalla se encuentran: Como arrrullo de palmas, La comparsa, Noche azul, Andalucía y Ante el Escorial.

Siboney, una de sus más conocidas composiciones fue utilizada, incluso como título del filme, por el realizador de origen español Juan Orol, tan vinculado al cine cubano en su etapa sonora. Y él mismo aparecería, en algunas secuencias de filmes latinoamericanos, desde su condición de intérprete del piano y conductor de orquestas, como lo testimonian sus imágenes captadas por realizadores argentinos, cubanos y mexicanos.

Igualmente, los directores cubanos Ernesto Caparrós, Max Tosquella y Sergio Miró en cortos musicales y en largometrajes de ficción como La canción del regreso, filme rodado en 1940, dentro de aquel período en el que sólo la voluntad y la pasión de los creadores podía permitirles la costosa aventura del cine, más allá de las virtudes estéticas de las producciones, pues no existía la industria cinematográfica y carecían de apoyo estatal en una nación en la que cualquier proyecto cultural era tan sólo una utopía.

Una de sus más hermosas composiciones, que ha recorrido todo el planeta, Siempre en mi corazón, fue nominada al Oscar, por ser la sustancia de la película musical: Always in my heart, más conocida como Siempre en mi corazón. Desde Glenn Miller hasta Plácido Domingo, esta canción cubana le ha dado la vuelta al mundo, desde la década de los años 40 hasta el presente.

En la película cubana más premiada y reconocida, Fresa y chocolate, del binomio integrado por el desaparecido realizador cubano Tomás Gutiérrez Alea (Titón) con Juan Carlos Tabío, el maestro Ernesto Lecuona es un vivo referente con dos de sus números más espléndidos: A la antigua e Interrumpida, hermosas danzas para piano, género igualmente cultivado por el maestro quien supo además fusionar, en la escritura de su música, las raíces hispánicas y africanas para continuar la tradición de compositores como Saumell e Ignacio Cervantes.

Fuente: Cubarte

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