Lorena Nessi
Fuente: BBC Mundo (Miércoles, 11 de febrero de 2009)

Lázara Cachao es la hija menor de Cachaíto, el contrabajista cubano de Buena Vista Social Club, fallecido el pasado martes. Lázara, también artista profesional, habló sobre su padre y dijo considerarlo “el mejor contrabajista del mundo”.

Lázar López, bajista e hija del maestro "Cachaito)

Lázar López, bajista e hija del maestro "Cachaíto

“El dolor es inmenso, pero lo recuerdo con gran orgullo. Para mí fue un gran ejemplo como padre y un gran maestro de la música. Que dios lo tenga en la gloria”, dijo en un mensaje que nos envió cuando invitamos a nuestros lectores a comentar sobre la herencia musical de Cachaíto.

Ante sus palabras, en BBC Mundo decidimos contactarla para conocer de su propio testimonio un poco más sobre lo que fue la vida del recién fallecido artista cubano.

“Desde niño empezó como autodidacta, tocaba también el piano y el violín, pero al final se quedó con el contrabajo y desde que tenía 13 años se convirtió en el primer contrabajista de la Orquesta Sinfónica de Cuba”, dijo Lázara Cachao con voz apagada.

Comentó también que su padre perfeccionó su técnica con un profesor alemán y con su tío Cachao, quien ha sido considerado como uno de los inventores del mambo, para luego tocar música más moderna con un quinteto de jazz.

Tradición familiar

“La tradición de ser músicos viene desde los abuelos y tatarabuelos, todos

Lázara López y su ilustre tio "Cachao"

Lázara López y su ilustre tío "Cachao"

los Cachao son músicos”, comentó la hija de Cachaíto, quien en esa misma tradición estudió música clásica.

“Como niña, lo recuerdo practicando con su contrabajo muchas horas en casa y con ese carácter tan cariñoso y noble que tenía”, agregó.

Lázara cree que a su padre “le hubiera gustado ser recordado con orgullo, como ese gran músico, esa gran persona que siempre fue, tan sincero y de carácter tranquilo”.

“Lo definiría como una persona extraordinaria. Todo mundo lo quería mucho, siempre fue muy amable con todos y le gustaba ayudar a los demás”, le aseguró a BBC Mundo.

La pianista también dijo que Cachaíto fue profesor de conservatorio por 35 años y le dio clases a muchos que ahora son famosos y que le tenían un gran cariño.

La herencia de Cachaíto

“Su aporte es muy grande. Yo admiro mucho a mi papá por cómo tocaba el contrabajo y los sonidos característicos de fuerza, de afinación, de sabor y de síncopa que le sacaba. Para mí él era el mejor del mundo, aunque esté mal decirlo, pero es lo que pienso, soy músico y lo sé”, afirmó Lázara orgullosa.

También comentó que normalmente el contrabajo es un instrumento fundamental de la orquesta.

“Es como esqueleto del cuerpo. Si no se toca bien nada funciona”, dijo.

La artista no sabe qué pasara en el futuro con Buena Vista Social Club, luego de la pérdida de Cachaíto. “No me imagino al grupo sin mi padre, a quien le decían el “corazón de Buena Vista”, según comentó.

Mientras tanto, ella piensa seguir la mayor enseñanza que su padre le dejó: “continuar creando, estudiar y aceptar que la música es algo que no se puede dejar”.

Entre sus proyectos, piensa interpretar la música de su familia, en la que incluirá composiciones de Cachaíto y la música de su tío abuelo, Cachao, con arreglos propios y una orquesta que ya tiene preparada.

Por supuesto, la pianista sabe que tiene una gran responsabilidad, pero le aseguró a BBC Mundo que hará todo lo posible por representar con orgullo el nombre de su padre y de su familia a través de sus notas.

Destacó por mezclar el jazz, el mambo y el academicismo

MAURICIO VICENT
EL PAÍS – Obituarios – 11-02-2009

De igual modo que al mítico contrabajista Israel López lo llamaba todo el cachaitomundo Cachao, a su sobrino Orlando López, heredero y cultivador de su talento, se le conocía en Cuba simplemente como Cachaíto. Su muerte, el lunes, a los 76 años -y sólo 11 meses después de la desaparición de Cachao- abre un nuevo agujero en la música cubana, pues los López sentaron escuela con sus descargas y cambiaron la tradición del instrumento, que después de ellos se convirtió en protagonista de los ritmos cubanos.

Forma parte Cachaíto de ese grupo de grandes músicos cubanos reconocido tardíamente fuera de su país gracias al proyecto del Buena Vista Social Club, de Ry Cooder. Sin embargo, como Compay Segundo, el pianista Rubén González o los soneros Ibrahim Ferrer y Wilfredo Pío Leyva, todos fallecidos, Cachaíto tenía nombre propio en la música cubana antes de la llegada de Buena Vista.

Orestes López comenzó sus estudios con su padre, el gran Orestes Macho López, compositor y contrabajista que junto a Cachao revolucionó la música cubana en los años cincuenta. Ambos modernizaron el danzón y crearon la semilla de un nuevo ritmo, el mambo, que puso a bailar al mundo entero, y de estas influencias se alimentó Cachaíto, que desde muy joven empezó a trabajar profesionalmente en grandes orquestas populares cubanas.

A los 13 años ya tocaba en la charanga Armonía, de René Hernández, y a los 17 entró a una de las más conocidas orquestas de Cuba, Arcaño y sus Maravillas, donde su padre y su tío durante años fueron solistas y ensayaron el nuevo ritmo que con posterioridad haría famoso Dámaso Pérez Prado. También pasó por la orquesta del cabaret Bambú, en los años cincuenta, y llegó a la Riverside, agrupación estelar de la época en el formato de jazz band.

Cachaíto era un músico muy versátil, con una formación académica rigurosa, a la vez que cultivaba el jazz y dominaba al dedillo lo popular. Durante años perteneció a la Orquesta Sinfónica Nacional. En los noventa trabajó junto al pianista Frank Emilio Flyn y los percusionistas Tata Guines (recientemente fallecido) y Changuito, con quienes grabó varios discos de descargas de jazz y de danzones.

Como su tío, Cachaíto hizo del contrabajo un instrumento con personalidad propia y clave en descargas e improvisaciones en las que siempre estaban presentes los ritmos afrocubanos. Fue miembro también del legendario grupo Irakere, creado por Chucho Valdés, y ha colaborado con los principales músicos de jazz cubanos tanto dentro como fuera de su país.

Fuera de la isla es conocido principalmente por el Buena Vista Social Club, proyecto del que formó parte desde el primer momento. Es el único músico que está en todos los discos y también figuró en el documental de Wim Wenders. En la serie sobre los intérpretes del Buena Vista grabada por el sello World Circuit, Cachaíto grabó su primer disco como solista. También participó en Rhythms del Mundo Cuba, disco en el que el productor británico Kenny Young reunió hace dos años a músicos de la isla con anglosajones, como Sting, Radiohead y U2, entre otros, para recaudar fondos en beneficio de los damnificados de desastres naturales.

Por: Yelanys Hernández Fusté

Correo: yelanys@jrebelde.cip.cu

Fuente: Juventud Rebelde, 07 de febrero de 2009

Kaloian

Vivanco invitó a su concierto al maestro Eliades Ochoa y a Ernesto Rodríguez para interpretar clásicos como Veneración y El fiel enamorado. Foto: Kaloian

William Vivanco es un cantante que se mueve en las diferentes «aguas»  en la interpretación. El artista santiaguero le insufla a su voz una diversidad de matices, que brindan organicidad y riqueza a sus ejecuciones.

Desde el recordado Cimarrón hasta los temas de su último CD La Isla milagrosa, Vivanco nos propone aguzar los oídos para recordarnos que, con guitarra de fondo, letra y creador tienen un compromiso indisoluble.

De esa unidad implícita y de los nuevos proyectos del artista, trató el concierto que William ofreció el pasado martes, en el Teatro Mella de la capital.

Se escogió para la apertura el estreno del videoclip Cuando vuelvo. El ma-terial audiovisual, que cuenta con pinturas del artista de la plástica Vicente Bonachea, penetra en el mundo del sincretismo -algo que ha rodeado las carreras tanto del pintor como del intérprete-, y es allí donde se recrea un mundo lleno de colores y misticismo.

«Disfruté mucho hacerlo. Me gusta la obra de Bonachea y el color naranja que utiliza en sus piezas», expresó Vivanco en la presentación del clip a la prensa.

Cuando vuelvo pertenece al fonograma La Isla milagrosa, facturado por la EGREM. El video fue realizado con auspicio de la Asociación Hermanos Saíz. Alrededor de 1 500 fotos fijas fueron escogidas entre más de 4 000 tomadas en un día de trabajo. Mediante un proceso de animación y edición, sus realizadores lograron darle dinamismo a esta historia, que evidencia que la vida no escapa a las reflexiones de ambos creadores.

Junto al videoclip se sumaron al con-cierto del Mella otras novedades que lo hicieron atractivo. Sorprendió el encuentro de Vivanco con su coterráneo Eliades Ochoa, quien no perdió la oportunidad de expresar lo bien que se sentía «con la juventud y sabiendo que el futuro de la música cubana está garanti-zado».

Esa raíz tradicional cultivada por Ochoa y la «onda trovadoresca» de William se entretejieron con acertado juicio con los clásicos Veneración y El fiel enamorado. Allí los acompañó el ex integrante del dúo Postrova Ernesto Rodríguez, con quien Vivanco cantara en su natal Santiago.

Y de ese trabajo con Rodríguez, ambos cantautores recordaron El viejo Simón, un tema lleno de referencias a lo afro, sin que las raíces soneras se ausentaran de su sonoridad.

Otros títulos se sucedieron en la velada del martes y en ellos se palpó el desdoblamiento vocal de William, una capacidad técnica fomentada desde su paso por el Coro Madrigalista, una de las agrupaciones corales más antiguas de Santiago de Cuba.

Algo que el artista tampoco ha negado es el empirismo que hay en su música: «La guitarra prácticamente la aprendí en la “calle”. Soy un músico callejero», como comúnmente se dice».

Han nutrido igualmente al cantante su estancia en el dúo Willer, la experiencia adquirida en su carrera en solitario, y su trabajo con el proyecto Interactivo.

«Con este último aprendí el rigor de los grandes escenarios. Robertico Carcassés es una persona modesta, tiene una gran facilidad para agrupar a los músicos, y logra que todos se sientan bien. Con Interactivo he podido improvisar y me ha aportado muchos conocimientos. Recién grabamos el tercer disco, del que saldrán cosas muy interesantes».

La búsqueda constante del sabor cubano ha devenido, para este cantor de 33 años, compromiso imprescindible con la música. «Componer una canción para mí es una alquimia. Lo asumí así hace un buen rato. Hay que tener una gran responsabilidad con ellas, porque me he dado cuenta de que es la profesión que puedo hacer, y me la tomo bien en serio».

El autor de Mejorana y Trovando afirma que los cubanos deben conocer profundamente nuestra música. «La gente también debe escuchar las melodías de las décadas del 20, 30, 40 y 50. Los jóvenes no las conocen, yo mismo em-pecé a oírlas hace poco tiempo.

«El changüí está en Guantánamo y estamos esperando a que otro Ray Cooder venga a “descubrirlo”. Las nuevas generaciones no tienen referencias, porque no conocen a fondo la música na-cional.

«Por eso pienso irme a Oriente, no puedo pasar mucho tiempo sin estar allí. Del changüí no entiendo nada y quiero aprenderlo. El bongó en ese género suena diferente al del son. Estoy terminando un tema de ese corte y quiero instruirme. Quiero seguir el camino de la investigación en la música cubana».

Esa necesidad de Vivanco de indagar sobre la melodía criolla emergió desde que comenzó a visitar otras naciones. «En esos viajes me doy cuenta de que nuestra música necesita más atención por parte de los artistas.

«Los cubanos debemos defender más nuestra sonoridad, pues aquí se ha creado un sinnúmero de estilos que enriquecen la historia musical del planeta, como el pilón, son montuno, danzón, changüí, bolero y otros. Somos nosotros quienes tenemos el deber de cultivar la música, además de que lo hagan los brasileños o los europeos».

argeliersUn documental sobre la vida y obra del compositor cubano Argeliers Léon (1918-1991), una de las figuras fundacionales de la música en la isla, se estrenará aquí el próximo 10 de febrero en homenaje al 90 aniversario de su natalicio.

La cinta, del realizador Félix de la Nuez, recoge testimonios y entrevistas a personalidades vinculadas con su trayectoria como sus colegas Harold Gramatges y Roberto Valera, el poeta y novelista Miguel Barnet, el coreógrafo Ramiro Guerra, y su viuda, la musicóloga María Teresa Linares.

Bajo el título de Argeliers, Nuez se adentra en su faceta de etnólogo y pedagogo de importantes generaciones de estudiosos de la cultura cubana. La fotografía es de Raúl Rodríguez y la música de Ulises Hernández.

Doctor en Ciencias de Arte, Argeliers León estudió en el Conservatorio Municipal de La Habana. Además de su labor como pedagogo y compositor, dirigió durante 15 años el Departamento de Música de Casa de las Américas, donde fundó el Premio y Coloquio Internacional de Musicología que auspicia esa institución.

Entre sus maestros estuvieron la francesa Nadia Boulanger y los cubanos Fernando Ortiz y María Muñoz de Quevedo.

Fuente: Prensa Latina (Habana, 22 enero, 2009)

rl/may/ag

J. A. VELA DEL CAMPO
Fuente: EL PAÍS – Obituarios – 18-12-2008

Ya en 1972, en su libro La música en Cuba, el escritor Alejo Carpentier seharol refería al compositor Harold Gramatges en estos términos: “La evolución futura de Harold Gramatges debe ser seguida de cerca. Es, por lo pronto, uno de los músicos más sólidos y conscientes que haya producido la música cubana contemporánea. Su oficio es de una aplastante seguridad. Y siempre sabe hasta dónde quiere llegar”. El compositor, nacido en Santiago de Cuba el 26 de septiembre de 1918, falleció anteayer en La Habana como consecuencia de una pulmonía.
Era un músico de extraordinaria personalidad. Alejado de los grandes modelos europeos, desde Stravinski a Ravel, y de las raíces folclóricas cubanas, estudió en EE UU con Aaron Copland, en The Berkshire Music Center de Tanglewood, Massachusetts, pero tampoco ello le desvió de un estilo de composición de rasgos propios, más atento a “convencer” que a “seducir”. A la difusión de su música en España contribuyó de forma determinante la concesión del Primer Premio Iberoamericano de la Música Tomás Luis de Victoria en 1996.

En alguna de las composiciones juveniles este discípulo de José Ardévol se inspiró en textos de Góngora, Alberti o Juan Ramón Jiménez. La gran bailarina cubana Alicia Alonso le encargó en la década de los cuarenta una partitura para batería sola sobre el mito de Ícaro. Raro es el género o la forma musical que no ha tocado Gramatges. Y todos ellos con singular acierto.

Se integró en el grupo Renovación Musical y fue presidente y fundador de la sociedad Nuestro Tiempo. También estudió dirección de orquesta con Serge Kussevitzki. Los premios concedidos a Gramatges son numerosos, desde el Nacional de Música a la Orden y Medalla Alejo Carpentier que concede el Consejo de Estado de la República de Cuba. Los actos de celebración preparados con motivo de su 90º cumpleaños se verán privados de su presencia, pero seguro que van a constituir un ejercicio póstumo de reconocimiento por un trabajo ejemplar.

Gutiérrez Aragón coordina una serie documental sobre la música de la isla

MAURICIO VICENT – La Habana
Fuente: EL PAÍS (01-12-2008)

gutierrez_aragon_dice_adios_cineManuel Gutiérrez Aragón regresa a las pantallas de TVE con una serie documental sobre la música cubana que propone un viaje muy libre por los ritmos y la historia musical de la isla, con especial acento en géneros y estilos poco habituales, como el jazz afrocubano, el filin o la fusión. Gutiérrez Aragón dirige el proyecto -concebido y realizado antes de que el cineasta anunciara su retirada-, que consta de cuatro capítulos de 50 minutos, cada uno dirigido por un realizador cubano, y un quinto documental más íntimo y testimonial del propio Gutiérrez Aragón, Música para vivir, que parte de la tesis de que en Cuba la música es mucho más que música. “Es un alimento; casi una forma de vivir y entender la vida”, explica.

Los tres primeros capítulos de la serie, producida por Antillana de Comunicación, TVE y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica , serán presentados durante el 30 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que comienza mañana en La Habana. TVE emitirá la serie el año próximo.

Los personajes centrales de la historia de Gutierrez Aragón son los bailadores de Santa Amalia, un grupo de amigos que desde hace 60 años se reúnen periódicamente a bailar jazz. El cineasta rodó en La Habana en febrero y contó con colaboraciones de lujo, como la del pianista Chucho Valdés y el cantante Pablo Milanes, si bien el corazón del filme son los integrantes de la peña de bailadores.

“Ellos mantuvieron esa tradición incluso en momentos duros, a principios

Gutierrez Aragon y los personajes de su documental

Gutierrez Aragon y los personajes de su documental

de los años sesenta, cuando la música norteamericana fue considerada en Cuba un ‘instrumento de penetración imperialista”. Juan Picasso y Roberto Manzano, dos de sus protagonistas, ya septuagenarios, funcionan como hilo conductor de una historia que recrea la memoria de aquellos fabulosos lugares donde solían reunirse -la mayoría desaparecidos-, pero que es sobre todo el símbolo de una amistad tejida alrededor de la música.

La serie ha sido concebida de forma libre para tratar de atrapar historias de la música cubana, sin caer en tópicos. La joven Patricia Ramos dirige Ampárame, capítulo que indaga en las relaciones entre la música y la religiosidad en Cuba, y en el que intervienen artistas como Juan Formell, Chucho Valdés o José María Vitier. Arturo Soto se ocupa del documental sobre la fusión, y parte de una sobremesa en la que participan los músicos Sergio Vitier, Zenaida Romeu, Cesar Lopez y Yusa, en la que se concluye que en Cuba todo es fusión. Rebeca Chávez realiza el capítulo dedicado al filin, en el que desfilan las glorias del género: José Antonio Méndez, Cesar Portillo de la Luz o Elena Burke. Pavel Giroud traza el perfil del jazz afrocubano y rescata la memoria de genios como el pianista Frank Emilio, ya fallecido, que ahora además de ser reconocido en Cuba lo será en el exterior. Es una de las grandes riquezas de la serie de Gutiérrez Aragón.

Fuente: La Nación, Buenos Aires, Sábado, 29 de noviembre de 2008

chucho_valdes-irakereEn 1947, Chano Pozo llevó la revolución a la revolución: en plena furia del bebop, traficó los ritmos cubanos al jazz estadounidense desde la big band de Dizzy Gillespie y provocó una combustión que dio origen al jazz afrocubano y, como se lo conoció después, al latin jazz. Al año, el percusionista, nacido en La Habana en 1915, moría asesinado en el Rio Cafe del East Harlem en circunstancias que siguen despertando hipótesis encontradas. Algunos sostienen que lo mataron por envidia de su éxito y otros afirman que se trató de un asunto de drogas. Sin embargo, un rumor decía que detrás del crimen se escondía un factor religioso: Chano habría dado a conocer ritmos rituales del culto secreto abakuá, con raíces en Nigeria, al que había pertenecido en Cuba.

África. Aquella raíz era lo que unía en algo nuevo la complejidad armónica de Gillespie y las congas de Pozo, que llevaban dentro el son, la rumba, el mambo, el chachachá y otros ritmos afrocubanos. De algún modo, Chano Pozo le devolvió al jazz una suerte de eslabón perdido, y la chispa desató una reacción en cadena. Los ritmos cubanos fascinaron a tantos músicos del bebop, afirma el crítico Joachim Berendt, porque en Cuba se había mantenido más viva que en Estados Unidos la tradición africana. A fin de cuentas, el de Dizzy y Chano fue el encuentro de primos hermanos que habían sido arrojados lejos de los ancestros y que en el camino habían asimilado culturas diferentes.

Gillespie, gran catalizador de lo que se dio en llamar “cubop”, tenía un antecedente: ya había entrado en contacto con la música de la isla cuando compartió la sección de metales de la orquesta de Cab Calloway con el cubano Mario Bauzá, que sería el arreglador de los Afrocubans de Machito (Frank Raúl Grillo), otro pionero. Por aquellos días, ambos, Bauzá y Machito, intentaban combinar los ritmos que habían aprendido de chicos con el jazz que sonaba en Nueva York.

Todos ellos demostraron una vez más la capacidad del jazz para enriquecerse de lo diverso y, sin orq-cuban-de-musica-modernaproponérselo, iniciaron una tradición. ¿Qué aportó el elemento cubano al jazz moderno? Sin duda, sus complejas acentuaciones rítmicas, incorporadas y transformadas luego por músicos como Stan Kenton, Charlie Parker, Art Blakey y Cal Tjader, entre tantos otros. También, una serie de instrumentos de percusión (congas, bongos, maracas, güiros) que enriquecieron la paleta tímbrica del jazz. Y junto con cierto tratamiento de los “caños”, derivado de los arreglos de las orquestas de La Habana, otro aporte fueron las composiciones originales, algunas de las cuales pasaron a ser standards del género, como “Afro Blue” (versionada por John Coltrane), de Mongo Santamaría, percusionista nacido en la capital de la isla que llegó a Nueva York a fines de los años 40 con la orquesta de Dámaso Pérez Prado, cubano de Matanzas que se coronaría “rey del mambo”.

Todo esto puede encontrarse en la serie Jazzcuba (Warner Music), integrada por ocho CD que rescatan, de las arcas del legendario sello Egrem de La Habana, grabaciones de grandes músicos y combos cubanos: Bebo Valdés y su hijo Chucho, Israel “Cachao” López y su sobrino Cachaíto, Chico O’Farril, Pedro “Peruchín” Jústiz, el cantante Guapachá y las orquestas Los Amigos, Cubana de Música Moderna e Irakere. En su mayoría, son registros de fines de la década del 50 y principios de los años 60: una música donde se mezclan ecos del Tropicana con toques de las orquestas de swing, el “Son de la Loma” de Matamoros y la guajira “Guantanamera” con “Tenderly” y “All the Things You Are”, todo interpretado por músicos versátiles y de extraordinaria capacidad técnica que además le aportan al jazz el espíritu juguetón y cálido propio del Caribe.

los-papines-y-ruben-gonzalez1En la retaguardia de este seleccionado de músicos cubanos, cuidando las raíces pero abriéndose al jazz, están Bebo Valdés y Cachao López, dos leyendas. Aún activo con más de 90 años, Bebo sorprendió en 2003 con Lágrimas Negras, en dúo con el cantaor español “El Cigala”. Cachao, que comenzó como contrabajista clásico en la Orquesta Filarmónica de La Habana y murió el año pasado tras una dilatada trayectoria, cultivó (junto con el pianista Peruchín Justiz) un estilo de improvisación en el que confluían el idioma del jazz con el fraseo típico de los ritmos de Cuba. Según el especialista cubano Leonardo Acosta, fue uno de los principales impulsores de la “descarga”, término que en el argot musical de la isla designaba las largas sesiones de improvisación. Chucho Valdés, pianista como su padre, creó y dirigió el grupo Irakere, semillero de grandes instrumentistas. Esta grabación de 1976 confirma la justa fama que se ganó la sección de metales, con Paquito D’Rivera en saxo y clarinete, y Arturo Sandoval en trompeta.

irakereCompositor y arreglador, Chico O’Farril pasó de tocar su trompeta en el mítico Tropicana de La Habana a hacer arreglos para Benny Goodman, Kenton y Gillespie en Nueva York. Allí grabó, en 1950, su Afro Cuban Jazz Suite, con Parker como solista. Más tarde trabajaría junto al argentino Leandro “Gato” Barbieri. Pero una de las más felices sorpresas de este lanzamiento es el inspirado piano de Frank Emilio Flynn en el CD del grupo Los Amigos, fundado por el baterista Guillermo Barreto, en el que revistó también el contrabajista Cachaíto López. Hijo de un estadounidense de origen irlandés y de una cubana, Frank Emilio perdió la vista en su adolescencia y se abrazó al piano. Estudió teoría y solfeo, pero pasaría de Bach y Mozart a los ritmos populares cubanos y al jazz para unirse a la bohemia habanera de los años 50. Fue uno de los creadores del filin (término que viene de la palabra inglesa feeling y alude a la mezcla del bolero cubano con el jazz). Como O’Farril, murió en 2001, y esta grabación es un acto de justicia que rescata a un pianista de exquisita sensibilidad.

De algún modo, la serie es también una suerte de documento que puede leerse -y escucharse- como una precuela de Buena Vista Social Club, de Wim Wenders, y Calle 54, de Fernando Trueba, dos películas que difundieron el legado de la música cubana y el jazz latino entre audiencias más amplias.

Uno de los más importantes compositores contemporáneos cubanos, Antonio Ñico Rojas, falleció hoy en la capital a la edad de 87 años.

nico_rojasGuitarrista y autor de numerosas melodías, Rojas creó instrumentales que dedicó, fundamentalmente, a familiares, amigos y personas populares de Matanzas, lugar en el que vivió la mayor parte de su vida, precisa una nota del Instituto de la Música.

Fundador del movimiento feeling en 1942, resultó decisiva su labor para que importantes figuras de la música escucharan a los clásicos para desarrollar esa forma de hacer arte.

Tras graduarse de ingeniero civil, se inspiró en la música clásica de diversos estilos y en la popular de Antonio Arcaño, Arsenio Rodríguez, Miguel Matamoros y Nat King Cole, la de los rumberos de Matanzas, Saldiguera y Virulilla y la música campesina, que escuchaba cuando construía carreteras y acueductos.

Gracias a su originalidad surgió en 1950 una forma de componer música instrumental para guitarra, hasta entonces sin precedentes en ese estilo, entre lo clásico y lo popular, basados en distintos ritmos cubanos.

Fue autor de los boleros “Mi Ayer “, “Ahora si sé que te quiero ” y ” Se consciente “, entre otros, grabados por los maestros Pepe Reyes, Orlando Vallejo y Miguelito Valdés.

Compuso la música de boleros y canciones con textos propios, los cuales han sido grabados por maestros como Elena Burke, Argelia Fragoso, Omara Portuondo y Esther Borja, entre otros.

Sus piezas para guitarra se utilizan hoy como material de estudio en los conservatorios de música.

Sus cenizas se exponen en la funeraria de Calzada y K, en El Vedado. El sepelio está señalado para mañana domingo 23, a las nueve de la mañana.

Fuente: Cubadebate (2008-11-22)

Este violinista cubano está al frente de la Charanga Habanera. Se trata de “una orquesta show” y un grupo de cantantes que se considera una versión latina de los Backstreet Boys. Están en Buenos Aires.

Por: Gaspar Zimerman

Fuente: El Clarín, Buenos Aires, Jueves 06 de Noviembre 2008

calzado5La Charanga Habanera nació en 1988, por obra y gracia de un empresario francés. El hombre necesitaba a una orquesta que amenizara las veladas de un hotel de Montecarlo con la música cubana de los años ‘40 a ‘60. Viajó a Cuba, reclutó a un grupo de músicos y los llevó al principado de Mónaco. La experiencia duró cuatro felices años: ante un público millonario, la banda compartió escenario con gente como Stevie Wonder, Whitney Houston, Tina Turner, Sammy Davis Jr. o Barry White. Pero un buen día el contrato se terminó. Y apareció en escena uno de los violinistas de la orquesta, David Calzado.

“Cuando se cortó el contrato -recuerda ahora, vía telefónica-, estábamos en Cuba. Y no nos quedamos paralizados: yo tenía inquietudes, quería hacer la música que correspondía a nuestra generación. Mantuvimos el nombre, pero nos convertimos en una banda más fuerte”. La palabra charanga remite a la música de cámara y la Francia del siglo XVIII: una formación de dos a cuatro violines y una flauta. Poco que ver con la Charanga Habanera que diseñó Calzado -tres trompetas, saxo, teclado, piano, timbal, congas, bajo y cinco voces- para cultivar la timba cubana: una salsa fuerte, diferente de la estadounidense y también del son tradicional de Cuba.

“Es una orquesta show, de enorme despliegue escénico, que brinda un gran espectáculo. Está hecha para que incluso países que no dominan el castellano puedan conectarse con lo que hacemos: es así que tenemos grandes negocios en toda Europa y Asia”, se enorgullece Calzado, sin problemas en mostrar la veta comercial del asunto. Y sin ofenderse cuando se le pregunta si es cierto que los cantantes de la Charanga Habanera son conocidos como los Backstreet Boys cubanos: “La música y el concepto son diferentes, pero sí trato de buscar chicos que no sólo canten bien, sino que también puedan bailar y tengan una buena imagen. Es algo universal: por algo Ricky Martin, Enrique Iglesias y Chayanne son tan famosos”.

Vestidos a la manera de jóvenes estadounidenses o europeos, los cantantes-bailarines crearon la moda charanguera, un estilo a imitar por muchos jóvenes cubanos. Pero los carilindos, como cualquier moda, tienen fecha de vencimiento: “En estos veinte años han pasado aproximadamente treinta cantantes: cuando llegan a los 35 años, trato de renovarlos. Aquí lo importante no son los nombres, sino el concepto. Todo el grupo tiene un promedio de veintitantos años, por eso cuando van envejeciendo buscamos gente más joven. El único que puede envejecer soy yo”. La idea, explica entre carcajadas, es atraer al público femenino: “Las mujeres son lo fundamental: a los conciertos a los que van muchas mujeres, terminan yendo muchos hombres, porque ellos siempre van atrás de ellas. A veces se sienten incómodos porque ven a las chicas hipnotizadas con nuestros muchachos, pero luego se adaptan y se convierten en fanáticos nuestros”.

El contenido erótico de los shows fue un arma marketinera, pero también le causó algunos problemas: david-calzado-radio-caramba1“Tú sabes que los cubanos movemos mucho la pelvis, y eso en cierto momento les resultó chocante a algunos. Hace diez años parecía impresionante, pero hoy es natural: siempre hemos sido revolucionarios, hemos estado adelantados a nuestro tiempo”. Revolucionarios, sí, pero no precisamente en el sentido ortodoxo del gobierno cubano, que en el ‘97 sancionó al grupo. “Les molestó el contenido de las canciones: yo compuse temas polémicos, que hablaban de ciertas situaciones sociales. Eso no le gustó al Gobierno, y estuvimos suspendidos durante cuatro meses. Pero todo quedó atrás”.

A pesar de esa polémica, Calzado se siente identificado con el régimen: “Si soy artista es gracias al Gobierno: antes de la Revolución, los negros no teníamos ninguna posibilidad, y yo me pude formar como músico, tocar a Bach, Beethoven, Tchaikovsky. Por eso estaré eternamente agradecido a la Revolución Cubana. Pero eso no quiere decir que no pueda cantar lo que veo”.

Junto con su padre, Bebo Valdés, dos generaciones de músicos cubanos unen esta noche en el Auditorio Miguel Delibes sus pianos y sus grandes talentos

Por: J. MIGUEL SEBASTIÁN| VALLADOLID

Fuente: www.nortecastilla.es/

El esperado e histórico concierto de Bebo y Chucho Valdés llega al Auditorio del Centro Cultural Miguel chucho90.jpgDelibes. Mientras Bebo descansa y recobra energías en su habitación del hotel, su hijo atiende amablemente a EL NORTE DE CASTILLA . Ambos han actuado ya con notable éxito en Barcelona, Palma de Mallorca, Zaragoza, Ordino (Andorra) y San Sebastián y tras pasar por Valladolid y Madrid, finalizarán su gira en los escenarios de Alcoy y Cartagena.

-’Juntos para siempre’ es el primer disco realizado bajo sus nombres y se suma a las escasas grabaciones que han efectuado juntos, ¿Qué les ha motivado a realizar este trabajo?

-Nos han motivado una serie de hechos, como encuentros que hemos tenido a lo largo de los años, la grabación que realizamos para el disco de Paquito D’Rivera ‘90 Miles From Cuba’ y algunos conciertos, en lo que hemos ido recordando nuestras raíces, las enseñanzas que Bebo me dio como profesor. Siempre soñamos hacer un disco en común. Representamos dos etapas de la música cubana, pero bajo las mismas raíces y principios musicales. Gracias a la inteligencia de Fernando Trueba y su ‘Calle 54′ y al super boom que representó el disco ‘Lagrimas Negras’ ahora se ha podido plasmar esta nueva idea.

-En el disco aparecen temas convertidos hoy en clásicos. Bebo, estuvo presente cuando comenzaron a popularizarse. ¿Qué recuerda de aquellas épocas?

-Yo lo viví a su lado, siendo un músico muy joven. Recuerdo que repasábamos esos temas en la casa, tocando a cuatro manos, igual que haremos ahora, pero en esta ocasión con dos pianos. Yo era entonces un adolescente sin la experiencia de hoy. Este es el mejor momento, yo he madurado y Bebo se mantiene con muy buenas facultades para su edad.

- ¿Qué permanece hoy en día en la música cubana del espíritu de aquella época dorada de los años cuarentay cincuenta?

-El sabor. El sabor y una nueva generación de músicos que realizan una música diferente, pero con una raíz común.

-¿Cómo vivió usted el momento de la marcha de Cuba de su padre, en 1960?

-Fue un momento difícil en el sentido en que yo me hice cargo de la familia, de mis hermanas, de mi madre. Pasé de la adolescencia a la jefatura familiar que ejerzo hasta la fecha. Todo cambió de repente, pero creo que la experiencia me sirvió para formarme de una forma más rápida ante la vida.

-Usted ha recibido multitud de premios por su carrera y ha trabajado codo con codo con grandes personajes de la música. ¿Además de Bebo, que figura o figuras destacaría como claves en la evolución de su propio estilo?

-Mucha gente, como Michel Legrand, con el que trabajé varios años, Dave Brubeck, Dizzy Gillespie, Herbie Hancock, Joe Zawinul, han sido grandes maestros con los que he tenido la suerte de aprender muchas cosas.

-¿Cómo ve el futuro de su propia dinastía musical?

-La dinastía me parece que va a continuar. Tengo una hija, Dayane, con la que tuvimos la ocasión de compartir escenario en el año 2003, en Tenerife, hija, padre y abuelo, con tres pianos, imagínese, fue un momento muy especial. También está mi hijo Chuchito, mi hermana María Caridad, considerada como la mejor cantante de jazz latino en Cuba, está Roberto Carlos que toca con la orquesta Los Van Van… toda una familia musical.

-¿Qué van a ofrecernos en el concierto?

-Básicamente la presentación del disco ‘Juntos para siempre’, algunos ’standar’ americanos y algunos temas sorpresa que a Bebo se le ocurran durante la actuación.

-Por último, ¿tiene algún deseo para Cuba?

-Bienestar, prosperidad y felicidad.

El valor de este Cd doble es más que testimonial, pues remueve lo más profundos sentimientos y emociones que produce la mejor música cubana del mundo.

Si el documental de Wim Wenders daba cuenta parcialmente del proceso de gestación de las producciones en estudio, este Cd muestra a la banda de ancianos en su contacto directo con el público y su sonido en estado natural. Ahora uno puede decir que la orquesta del Buenavista “sonaba así”. De alguna manera cobra total vigencia la aseveración de ese gran presentador de Radio Progreso (Cuba), Don Eduardo Rosillo, quien nos afirmara que el éxito del BuenaVista provenía del hecho de que se había grabado, como debe grabar la música cubana: “con toda la banda junta metida en un estudio de grabación”.

Y es que al escuchar los primeros acordes de “Chan Chan”, luego de la presentación de Ry Cooder, siente que el éxito del tema, tal vez del fenómeno BuenaVista, se puede explicar a partir de su capacidad para crear una atmósfera, un clima musical especial. ¡Cuanta razón tiene el maestro Rosillo!.

Compay Segundo, fue la estrella del Buena Vista porque encarnó una especie de reserva musical, de antiguos soneros y trovadores en pleno esplendor de la mercadotecnia. Al verlo y escucharlo (”¿Y tú que has hecho?”) uno adquiere la certeza que existen seres humanos que lo único que pueden y deben hacer es coger una guitarra y ponerse a cantar para hacer reír o llorar a los corazones. Como dijo alguna vez y con mucha razón Miguel Bosé “era como un dios venido de otros tiempos”.

La languidez de la voz de Ibrahim Ferrer (”Dos Gardenias”) acompañada de la venerable Omara Portuondo, interpretando el bolero “Silencio” y a partir de allí convertir al mítico escenario en un espacio íntimo privilegiado, ante el mutismo respetuoso de los cientos de asistentes, constituye un instante muy emotivo del concierto.

La maestría interpretativa de Ibrahim, Manuel “Puntillita” Licea, Eliades Ochoa y Pío Leyva, en “Candela” y el “Cuarto de Tula”, es tan natural -noten como el primero arenga a la orquesta completa al iniciar uno de los temas- que parece como si estuvieran en un solar habanero, demostrándole al mundo, precisamente en su simbólica capital, que la pretensión última de los auténticos artistas es la de transmitir su arte, su obra, que en este caso es cantar la música que pone al alma a bailar (recuerden el rostro final de Ibrahim Ferrer bajo el lente de Wenders en el famoso documental). Es posible imaginarse al Carnigie Hall viniéndose abajo ante el impacto sonoro de la música que modularan Ignacio Piñeiro, Arsenio Rodríguez, Jorrín, Pérez Prado, y otros tantos genios.

Pero las voces de los viejos entrañables es la punta del iceberg, constituido por una orquesta que suena con una potencia y vitalidad que surgen del bajo del ya legendario Orlando “Cachaíto” López -que es con letras en mayúsculas el corazón rítmico del BuenaVista-, la trompeta del “Guajiro” Mirabal, el laúd de Barbarito Torres de cuyas notas brotan todo el color de la música cubana, quizás en la forma de flores amarillas, y los timbales de Amadito Valdés que toca como se debe tocar el timbal, sin prisas y sin excesos que desvirtúen su esencia.

Mención aparte merece la perfomance de Rubén González (”La Engañadora”, “Buena Vista Social Club”, “Siboney”, “Almendra”, “Mandinga”) y su manera tan clásica de aproximarse al piano, recordándonos que dentro de la música tradicional cubana el piano se toca de esa única manera: sin apelar a formas jazzísticas demasiados rebuscadas, sin alardes exagerados de virtuosismo, respetando sobretodo la cadencia que el son cubano impone.

Gabriel García Márquez, “Gabo” decía que lo único mejor que escuchar música es hablar de ella. Creemos que por el momento es suficiente con lo aquí afirmado. Ahora déjese llevar por las sensaciones que surgirán de oír esta magnifica producción y rememore el momento más significativo de unos de los fenómenos más importante de la música cubana.

A propósito del lanzamiento del Cd Doble “Buena Vista Social Club at Carnigie Hall”, presentamos esta nota que recoge con mucha sensibilidad y emoción este acontecimiento músico cultural que se llevó a cabo un 1 de julio de 1998 en la ciudad de Nueva York.

Por: J. F. Hernández

Jueves, 16 Octubre, 2008

El 1 de julio de 1998 la legendaria sala del Carnegie Hall de Manhattan transpiró uno más de sus milagros invaluables. Por obra y gracia de un tal Ray Cooder, con sueños dilatados por Juan de Marcos, brilló sobre ese escenario una entrañable legión de arcángeles que, habiendo sido olvidados, hoy son inmortales.

Debemos a Ray Cooder el enrevesado milagro de haber resucitado a los músicos y cantantes del Buena Vista Social Club antes de que murieran y de llevarlos a la sala de Carnegie, luego de haberlos grabado en discos que miles hemos memorizado. En esa legendaria sala de acústicas perfectas tuvo su estreno mundial la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorák, varias joyas de George Gershwin (entre ellas Un americano en París), los contrastes de Bela Bartok y las variaciones de Rachmaninoff sobre un tema de Corelli, con el propio Rachmaninoff al piano. Allí ha habido magia para todas las generaciones: estrenos desconcertantes de Phillip Glass o los adorables desconciertos de cuatro profetas con melena que se hacían llamar The Beatles.

No es hipérbole ni exageración afirmar que Carnegie Hall es el escenario central del corazón de las culturas norteamericanas y, por ende, del mundo moderno o, por lo menos, imaginar que ese teatro es el alma musical de Manhattan. Todo neoyorquino se sabe el cuento del músico anónimo con cara de apuración que anda perdido en las calles cercanas a Times Square con el estuche de su violín bajo el brazo. Arriesgando un desprecio, le pregunta a un señor con el que se cruza en medio de la constante marea de multitud: “¿Usted sabe cómo puedo llegar a Carnegie Hall?” y el viejo le responde al vuelo: “Hay que ensayar… ensaya… ensaya mucho” y consta también esa popularidad respetuosa en una vieja película que registra el día en que Benny Goodman sacudió las butacas de esa catedral; luego de haber deslumbrado al auditorio con una perfecta interpretación de Mozart al clarinete, propuso con su orquesta la insólita epifanía del swing. Por eso Carnegie Hall es el escenario donde lo clásico se vuelve popular y viceversa, por eso allí mismo, de todos los santuarios posibles, Ray Cooder hizo desfilar en escena las voces y músicas de Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Pío Leyva, Manuel Puntillita Licea, el piano intemporal de Rubén González, el contrabajo cardiaco de Orlando Cachaíto López, la trompeta celestial de Manuel Guajiro Mirabal, el laúd sísmico de Barbarito Torres, al derecho y al revés, y la guitarra campestre de Elíades Ochoa.

Que me perdonen las tumbadoras, el güiro y la campana, pero no puedo nombrar a todos los protagonistas musicales que hicieron el milagro, hace exactamente diez años, sobre el escenario del Carnegie Hall. Para ello contamos ahora con el disco Buena Vista Social Club en el Carnegie Hall, donde se enlistan los nombres de cada uno de los músicos, al lado de las grabaciones intactas del milagro completo. Eso quedó filmado por la mirada de Wim Wenders e integrado al popular documental que da cuenta y constancia de la resurrección que hiciera Cooder, de la mano de Juan de Marcos, pero ahora queda al oído y subrayado el hecho de que hubo una noche, hace exactamente diez años, en que todos los arcángeles que formaban el Buena Vista tocaron y cantaron a la perfección. En la crónica con la que el New York Times celebraba el milagro, el periodista Jon Pareles escribió que “con la delicia semiamarga de un bolero clásico, el Buena Vista Social Club celebraba la vitalidad y el virtuosismo de sus músicos y simultáneamente lamentaba la era a la que pertenecían”, por no decir que músicos cubanos de setenta, ochenta y noventa años estaban en ese momento signando un salvoconducto de eternidades para la mejor música cubana de todos los tiempos, los boleros que lloran de sobremesa, las canciones de versos nuestros que cantan las abuelas creyendo que nadie las escucha y la juguetería alucinante de un tres enloquecido. Esa noche hubo candela, cha-cha-cha, mambo y montuno. Magia pura entrañable en el piano del abrazable Rubén González, a quien no le alcanzaban las teclas de un fantástico piano para alargar hasta La Habana sus arpegios y pura magia cuando las “las voces de los señores Ferrer y Segundo cantaban con tonos dulces, redondeados, menos cortantes que los de los cantantes de salsa, y las letras se deleitaban en pasiones y reminiscencias de amores perdidos”.

Agrega el periodista que “Octavio Calderón y Manuel Mirabal hacían reír y llorar a sus trompetas; Barbarito Torres, en el laúd de 12 cuerdas, tocaba líneas zumbantes como flechas y clavaba acordes disonantes. Los solos en guitarra de Compay Segundo fueron brillantes y lánguidos, rezagándose al ritmo y luego echando carreras para alcanzarlo” y concluye que esa noche “la música estaba llena de una nostalgia y ternura que sugería la amabilidad de la vida tropical y la inocencia prerrevolucionaria”, por no decir que esa noche se cuajaba un milagro de diversa apreciación: en medio del inmenso vado que separa a una isla del mundo, está la música que nos une; de espaldas a la Historia con mayúscula los verdaderos absueltos son los cantantes humildes y los anónimos que saben afinar una guitarra; de espaldas al Tiempo, al paso implacable de cada minuto, no hay nada en el mundo como ver que un abuelo mueva las caderas como si fueran los primeros pasos de un niño.

A una década de aquella noche inolvidable, que ahora podemos escuchar desde la primera fila del más íntimo sentimiento, la mayoría de los arcángeles que nos siguen cantando ya se han vuelto inmortales, habiendo sido olvidados. Consta que, luego del concierto en Carnegie Hall, ya no volvieron a compartir escenario todos juntos y consta en actas que han muerto aunque perviven en cada nota y ritmo que siguen contagiando a la piel y las entrañas de los vivos en cualquier idioma, cultura o credo. Que conste también que hubo una noche en que un puñado de trovadores logró el enrevesado milagro de iluminar Manhattan.

Fuente: www.milenio.com

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